La tecnología no es neutral

Al menos desde la revolución industrial las sociedades se preocuparon por las cuestiones éticas referidas a la concepción, el desarrollo y la aplicación de la tecnología. Esta preocupación no hizo más que acentuarse en los años venideros, desde la aparición de las socio tecnologías más revolucionarias (como la sanidad pública, de la mano de vacunación masiva, la recolección de desechos, la higiene social o las cloacas) hasta las aterradoras máquinas de asesinar en masa durante ambas Guerras Mundiales. Las sociedades, en particular los científicos y los técnicos, se vieron obligados a despertar de su “siesta moral” desde que advirtieron con qué facilidad pueden prostituirse la ciencia, la técnica y sus cultores: el nazismo, la Wehrwissenschaft, la ciencia de partido á lá Lysenko o la bomba atómica. Así por ejemplo, el Bulletin of Atomic Scientists, que apareció tras la Segunda Guerra Mundial, no se ocupaba solamente de ciencia, tecnología y política nucleares: también trataba, con particular insistencia, cuestiones tales como la de si es moralmente aceptable colaborar con los organismos de energía atómica de proyectiles teleguiados. El mismo debate se planteó alrededor de las exigencias de adhesión a regímenes autoritarios. Se desvaneció la nube de optimismo y desde hace tiempo son visibles los campos de dudas y escepticismo.

Lastimosamente, al día de hoy, la posición por defecto tanto de profesionales como del ciudadano a pie, es que la tecnología es ética y moralmente nuetral. La frase que se repite una y otra vez, a modo de mantra, es que un cuchillo o el fuego pueden tanto facilitar la digestión y la ingesta de nutrientes en la carne como mutilar al prójimo y destruir su propiedad. Esta concepción implica un doble error: el de desconocer las propiedades peculiares de los artefactos y las técnicas; que no pueden obviarse de ningún análisis serio, por un lado; y el de eliminar la responsabilidad de los cuadros técnicos responsables del desarrollo de dichas técnicas y artefactos, ya que una vez en manos de la sociedad, sólo de ella depende darles buen uso. Deben vigilarse no tanto las innovaciones como las manos y los cerebros que las trabajan.

Esta posición es falsa y, por lo tanto peligrosa, porque nivela por igual a las técnicas de destrucción masiva con las técnicas de salud masiva, a los planes de desarrollo social y nacional con las tácticas de guerra y aniquilación, a las herramientas de democratización  con las herramientas de alienación.

De fines y medios

Toda ciencia pura es buena o al menos indiferente ya que, por definición, se trata sólo de generar conocimiento sobre el mundo social y natural, y el conocimiento es un bien intrínseco en cualquier sociedad moderna. En cambio, la tecnología se ocupa de la acción humana sobre cosas y personas, la función de la tecnología no es saber sino hacer. Esto es, la tecnología da poder sobre cosas y seres humanos, y no todo poder es bueno para todos, ni de cualquiera forma en cualquier momento.

A diferencia de otras actividades sociales, la tecnología está reglamentada por fines y medios, es decir, es planificada. Y la concepción misma de la tecnología es pasible de análisis ético. Aquí es, exactamente, donde las nociones intuitivas sobre el rol performativo de la tecnología hacen agua: a diferencia del conocimiento, que trata sobre las cosas como son, el conocimiento técnico se trata sobre cómo deberían ser las cosas y esto implica un diseño específico ajustado a medios y fines.

Si bien es cierto que muchas tecnologías tienen muchas más funciones que para las que fueron designadas, como el caso del cuchillo que ya mutila ya permite trabajar el cuero para fabricar prendas, muchas otras tecnologías están diseñadas con un fin o una función primaria en mente. Es decir, están diseñadas y fabricadas para transformar el mundo primariamente de una forma específica. Véamos algunos ejemplos.

Tecnologías tanatológicas

También podrían llamarse tecnologías de -o para- la muerte. Se trata del diseño de estrategias y tácticas de agresión, de armamento y defoliantes, de campos de exterminio, de cómo ser más eficiente al momento de asesinar, etcétera. Este tipo de tecnologías involucran el desarrollo de armamentos puramente ofensivos, como los bombardeos sostenidos y masivos que afectaron al Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial o las armas nucleares, que poco tienen que ver con la tecnología militar de defensa. Este tipo de desarrollos están, desde su diseño, pensados para maximizar la matanza y, a diferencia del cuchillo o la manipulación del fuego, no tienen funciones secundarias más allá de la matanza. Es claro que esta clase de tecnologías son objetivamente contrarias a cualquier código ético que valore la vida y el bienestar. El diseño, la producción y/o el uso de estas tecnologías no pueden gozar del relativismo ético ya que nadie construiría una bomba nuclear para adornar un patio.

Los ataques informáticos

Un tipo de tecnología, y de técnica, especialmente maliciosa son los llamados ataques informáticos. Este tipo de ataques son maniobras maliciosas apuntadas a inutilizar o comprometer servidores, bases de datos, páginas web, infraestructura, computadoras, etcétera. Este tipo de técnicas combinan, por un lado, el desarrollo tecnológico (como los scripts maliciosos o el software específico para realizar exploits de diferente clase) con la técnica, es decir, con la estrategia o plan de acción. Los ataques técnicos maliciosos, como las inyecciones de código SQL, los Cross-site scripting (o XSS) o los ataques de negación de servicios (DDoS), son inherentemente diseñados con el fin de vulnerar no sólo la ley, sino también los principios éticos en lo que esta se funda, como el derecho a la privacidad o la propiedad privada y pública. Las técnicas, como el caso de los ataques de phising o los llamados Man-in-the-middle (MitM), vulneran principios éticos como la privacidad y bienes sociales morales como la confianza.

Tecnologías anti sociales

Las técnicas y tecnologías que están enfocadas primariamente en corromper o vulnerar los lazos sociales pueden denominarse tecnologías anti sociales (el término anti social se refiere a la función específica de destruir las propiedades emergentes peculiares de los sitemas sociales, como la cohesión, la volutand popular o la solidaridad). Dentro de esta clase de tecnologías pueden encontrarse las manipulaciones masivas de la opinión pública, que buscan minar el consenso imperante orgánico que emerge naturalmente en la vida social, destruyendo un bien social vital para las sociedades modernas: la democracia. Tal es el caso de los esfuerzos del gobierno ruso, bien documentado por la CIA, para torcer artificialmente la opinión pública y favorecer al candidato republicano Donald Trump. Uno de los modus operandi de este tipo de ataques psicológicos se basa en la creación artificial de falsos consensos sociales, en particular, en las “conversación social” en medios informáticos, de mano de las llamadas granjas de trolls. Este tipo de técnicas están diseñadas específicamente para destruir, o al menos vulnerar, uno de los bienes sociales más importantes: la verdad.

Dada la estrecha relación entre los aspectos físico, biológico y social de cualquier proyecto tecnológico en gran escala, la tecnología avanzada y en gran escala no debe ser unilateral, no debe ponerse al servicio de intereses estrechos, miopes, y libres de control moral: es preciso que dicha tecnología, por ser multilateral, tenga una orientación social, sea concebida a largo plazo, sea sujeta a controles morales.

Ciencia, ética y técnica; Mario Bunge (Sudamericana, 1997)

El mito de la tecnología neutra se desvanece a la luz del análisis científico de las propiedades intrínsecas del artefacto o técnica, es por esto; y por los grandes efectos que todo proyecto tecnológico tiene sobre la sociedad y la naturaleza, que es un error abrazar la ambivalencia ética del desarrollo científico técnico.

La sociedad afectada por la innovación tecnológica tiene el deber ético de someterla al control de otros especialistas, tales como sociólogos aplicados, funcionarios de salud pública, urbanistas, conservacionistas, etcétera; al punto de poder vetar el proyecto íntegro si sus efectos negativos sobrepasan sus beneficios sociales. La idea no es frenar el desarrollo tecnológico sino de impedir que el progreso en algún respecto (el diseño, el avance técnico, el beneficio económico o político) bloquee el progreso en otros respectos y aún atente contra principios y verdades morales superiores, como la vida, la libertad y la prosperidad.

 

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La objetividad versus la subjetividad en Ciencias Sociales

  “Los conceptos de objetividad, verdad y la autoridad de los estándares empíricos [de la investigación científica] están frente a un serio desafío por parte de algunos críticos de las ciencias sociales desde hace varias décadas.

Los críticos feministas afirman que los conceptos y métodos de las ciencias sociales reflejan un patriarcalismo esencial que desacredita la objetividad del conocimiento social. Los críticos marxistas sostienen que las ciencias sociales están enredadas en una cosmovisión burguesa que hace imposible la objetividad. Y los escritores posmodernistas parecen desdeñar la idea de verdad y objetividad en el conocimiento social en todo sentido, prefiriendo, en cambio, las resbaladizas nociones de discursos múltiples y de la dupla poder/conocimiento. 

Contra estas visiones deconstruccionistas, sostengo que un aspecto central de la investigación científica es arribar a creencias verdaderas y objetivas sobre el objeto de estudio de las disciplinas [sociales]: qué clases de entidades existan, cuáles son sus propiedades y cuáles son las relaciones causales entre ellos”.

– Daniel Little (1993) [1]  

 

  El concepto de objetividad, central en la ciencia, la técnica y la vida cotidiana, está fuera de moda. La idea de que es posible conocer algún trozo del mundo social o natural de manera impersonal y descarnada es recibida con miradas de suspicacia: el concepto se presenta como una quimera en el mejor de los casos y como infantil o peligroso en el peor. Las escuelas -o cosmovisiones- que desconfían fuertemente de la idea de objetividad son varias: desde el idealismo alemán (como Johann Gottlieb Fichte o Friedrich Hegel, que mamaron de Immanuel Kant la idea de los límites epistémicos que entabla el aparato cognitivo humano, que a su vez delimita el alcance epistemológico de la investigación científica. Los límites de mi mente son los límites de mi mundo, parafraseando el popular lema de Wittgeistein) hasta la reacción posmoderna de mitad del siglo XX (en particular, las ideas de Jean-François Lyotard, el sociólogo francés, que dió el puntapié inicial al movimiento cuando cuestionó la idea de una verdad ahistórica, unificada y completa respecto a lo que existe y sobre su historia). Los componentes filosóficos en la historia del movimiento anti objetivista no se agotan en los temas concernientes al conocimiento -que de hecho, en algunos casos no es siquiera el más relevante, sino que se pone el acento en los problemas relacionados  la política y la ética- pero así los delimitaremos en este texto. Las diferencias entre todas las cosmovisiones filosóficas que critican la idea de objetividad no son, tampoco, del mismo calibre ni la misma talla. Sin embargo, todas coinciden en que la objetividad científica o bien no existe, o bien es indeseable o bien es un horizonte inefable.

  Se intentará cuestionar esa idea en torno a tres tesis y tres enfoques diferentes pero relacionados:

(1) La subjetividad existe y debe ser considerada en la práctica científica, sin embargo (2) la subjetividad puede -y debe- integrarse de manera objetiva a la actividad inquisitiva en el marco de la ciencia, la técnica y la vida cotidiana. Por lo tanto, (3) la objetividad metodológica existe y es alcanzable a través de las herramientas del quehacer científico y el análisis y síntesis filosófica rigurosa.  Por otra parte, se tratará el tema de objetividad versus subjetividad desde tres enfoques diferentes: (1) la subjetividad del conocimiento científico (i.e. enfoque epistemológico y semántico) (2) la subjetividad cognitiva (i.e. enfoque psicológico y social) y (3) la subjetividad social (i.e. enfoque ideológico y político).

 

La objetividad y la subjetividad en conflicto

La noción de hecho objetivo refiere a todos los eventos o estados que existen de manera independiente de los agentes cognitivos. En otras palabras, los hechos objetivos son las cosas que son [de tal y cual manera] o suceden más allá de las interpretaciones o deseos (u otras subjetividades) de las personas. Los hechos objetivos son la materia prima de estudio de muchas ciencias, salvo quizás las ciencias psicológicas que se interesan más que las demás ciencias fácticas en el mundo mental, en tanto se experimenta de manera subjetiva. La objetividad científica es una característica de las afirmaciones científicas, de sus métodos y sus resultados. “Objetividad” suele expresar la idea de que las afirmaciones, los métodos y los productos de la ciencia no están, o no deberían estar, influenciados por perspectivas particulares, compromisos de valor, prejuicios comunitarios o intereses personales, por nombrar algunos factores relevantes. La objetividad a menudo se considera como un ideal para la investigación científica, como una buena razón para valorar el conocimiento científico y como la base de la autoridad de la ciencia en la sociedad. [2]

En este sentido, la objetividad no es una cosa, sino más bien una característica de algunas cosas que existen y específicamente de algunas cosas que se dicen sobre eso que existe.

Su contra parte, la subjetividad, puede definirse de la siguiente manera: un evento o estado de alguna cosa es subjetivo si y sólo si, ese evento o estado está relacionado ontológicamente con algún proceso mental de algún animal. En palabras más simples, algunas propiedades de algunos objetos tiene una relación de existencia y modo de ser (ontológica) que depende exclusivamente de algún agente sensible (cognoscente) externo. Ejemplo: el buen sabor no existe en la comida, sino en quien la come y la saborea; sufriendo una experiencia particular. La “propiedad” de saber rico (o feo) de una comida es en realidad un “atributo” que es, valga la redundancia, atribuido por alguien (y por algún motivo específico). La comida puede estar objetivamente preparada, o no, con carne y verduras, pero es subjetivamente deliciosa.

La distinción entre subjetivo y objetivo parece, prima facie, no muy complicada. Sin embargo, en la investigación científica y el análisis filosófico de esta suele haber enormes conflictos en lo referidos a qué tan objetiva es la ciencia (y cómo, tanto en método como en producto). En más de una ocasión se abusa del uso de la palabra “subjetividad” para designar cualquier cosa: desde una opinión personal hasta, pasando por las valoraciones éticas y las ideas políticas, hasta llegar incluso a las investigaciones científicas mejor elaboradas.

Las críticas giran en torno a diferentes aspectos de la investigación científica social donde la subjetividad tendría un rol preponderante: los hechos sociales no se exponen “en bruto”, sino dentro de un sistema conceptual u otro por lo que las teorías y las hipótesis suponen sus propios criterios empíricos de validación, que sesgan los hallazgos en apoyo de un marco teórico u otro. Es decir que las relaciones entre la observación y la teoría son irremediablemente circulares, con teorías que generan la observaciones que supuestamente los apoyan.  Por otro lado, los eventos sociales no son “objetivos” en el sentido de existir independientemente de los sujetos, sino que son más bien definidos por las intenciones, los significados asignados y las creencias que participantes y observadores atribuyen y sostienen constantemente. Es por esto que las comunidades científicas están reguladas por criterios como el avance de la carrera individual, las demandas políticas de las agencias de financiación, las ideas éticas y políticas del investigador, que no son exclusivamente criterios de carácter epistémico (como la evidencia, la coherencia lógica, etcétera). [1]

Estas críticas apuntan al corazón de la ciencia social porque intentan minar la idea de que la ciencia social puede ser objetiva y no existe ciencia -social, natural o mixta- que no sea objetiva. ¿Qué pasa entonces con las llamadas ciencias sociales?, ¿son ciencias realmente?

La objetividad bajo tres enfoques

 

El enfoque epistemológico y semántico

 

Es posible encarar el problema de la objetividad desde al menos tres enfoques diferentes. El primero será el enfoque epistemológico y semántico, es decir, el relacionado con el conocimiento y los símbolos que lo representan fuera de nuestras mentes. En resumidas cuentas, ¿de qué hablamos cuando hablamos de conocimiento científico objetivo?

En primer lugar, hay varias clases diferentes de conocimiento. El conocimiento puede ser sensoriomotor (por ejemplo, caminar), perceptual (por ejemplo, escuchar un grito de llamado e identificarlo) o conceptual/proposicional (por ejemplo, entender porqué la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés). Vale aclarar que esto es una distinción y no una separación. En el mundo real, todos los tipos de conocimientos se combinan y mezclan alternadamente (por ejemplo, escribir bien requiere tanto de conocimientos sensoriomotores como de conocimientos conceptuales. Para escribir sandeces sólo se necesita del primero). El conocimiento es, en pocas palabras, aquello que sabemos sobre nuestro entorno.

Sin embargo, el conocimiento también puede ser introspectivo o exterior. El conocimiento introspectivo es un conocimiento adquirido por reflexionar sobre uno mismo o sobre los estados mentales propios y suele ser intransferible (aunque estrictamente lo hacemos, como cuando nos comunicamos y todos los presentes entienden qué se siente cuando decimos “me duele el estómago”). El conocimiento exterior trata sobre cosas por fuera del propio sujeto cognoscente. Esta distinción da paso a demarcar entre conocimiento por relación (mediante experiencias vividas en carne propia) o por descripción (es decir, conceptualmente). Todo conocimiento científico es, por definición, conceptual y descriptivo. El mero sentir o percibir algo, por fuerte o vivido que sea, no llena los requisitos del conocimiento científico. Sin embargo, es cierto que  los psicólogos estudian científicamente (producen conocimiento conceptual) sobre los sentimientos y las creencias. El conocimiento puede ser ordinario o especializado. El ordinario aparece con la experiencia vivida y es personal y muchas veces intransferible, mientras que el especializado es delimitado y por lo general fundado en conocimientos conceptuales previos (como quién reparar un artefacto complejo). El conocimiento puede ser general (por ejemplo, de pautas) o particular (por ejemplo, de hechos individuales). Vale recordar que toda búsqueda científica de conocimiento particular se funda en algunas ideas generales (filosóficas); y una vez que un objeto de conocimiento particular se ha adquirido, éste puede dar surgimiento a una idea general. El conocimiento científico forma, así, un continuo con la filosofía.

Esto da paso a distinguir entre el conocimiento subjetivo y el objetivo: el conocimiento objetivo es impersonal y versa sobre hechos ajenos a la experiencia propia mientras que el conocimiento subjetivo es vivenciado en la experiencia individual y se trata sobre esas propias experiencias. Veamos un ejemplo. En los estudios de la comunicación interpersonal, ciencia híbrida donde se cruzan la comunicación y la psicología, podemos pensar en un dato objetivo como “Mengano tiene problemas en el habla debido a una lesión en el área de Wernicke”. Pero, no menos importante, es el dato subjetivo “me siento frustrado” que proporciona Mengano. En las ciencias naturales y sociales los datos subjetivos no son siempre admisibles, aunque en algunas ciencias como la psicología son indispensables. Los sentimientos de los científicos que investigan la tasa de empleo de los trabajadores no cualificados en una economía de Primer Mundo no constituye un dato sobre la realidad económica de esos países. Sin embargo, en una investigación de psicología social los datos subjetivos son fundamentales aunque también deben explicarse y ser congruentes con los datos objetivos. En la práctica, los datos objetivos y subjetivos se apoyan mutuamente.

La semántica de la ciencia, que es el estudio de los referentes, el sentido y el significado de los constructos científicos, explica un detalle no menor: porque a pesar de crearse en cerebros humanos que sufren eventos subjetivos todo el tiempo el conocimiento científico real es objetivo. La semántica de la ciencia se encarga de estudiar sobre qué tratan las construcciones epistémicas en la ciencia (las teorías, los datos, los indicadores, etcétera). Si la ciencia fuese subjetiva, trataría sobre alguna subjetividad del científico, ¿verdad? resulta que no es el caso.

Primero un ejemplo más sencillo:  “La temperatura de los sólidos indica la intensidad del movimiento molecular”. Esta pieza de conocimiento, proveniente de la física, difícilmente pueda ser tachada de ser subjetiva. ¿Cómo lo sabemos? entre otras formas, se puede realizar un somero análisis semántico. Lo que expresa esa proposición es que los objetos sólidos están compuestos por moléculas cuyo movimiento determina la temperatura medible. ¿Y a que se refiere? Se refiere a objetos sólidos, a moléculas, a instrumentos de medición de temperatura y a constructos (indicadores). De la misma manera puede procederse con una pieza de conocimiento referida al mundo social.

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La ecuación para calcular el coeficiente de Gini, expresada con la fórmula de Brown.  G se refiere al índice de Gini, X es la proporción acumulada de la variable población y Y es la proporción acumulada de la variable ingreso. Sigma es la sumatoria de 0 a 1. A pesar de lo que argumentan los conservadores, el análisis semántico deja en claro que la fórmula no contiene ninguna tesis igualitarista ni ningún contenido político. Se refiere a la sociedad, pero nada dice de ella más allá de que los ingresos están distribuidos de forma desigualdad en alguna sociedad dada. El análisis semántico demuestra, a las claras, que la idea sociologista de que todo conocimiento científico debe responder a alguna subjetividad del investigador o de quien lo financia se vuelve demostrablemente falsa.

 

El enfoque psicológico y social

 

Si todo conocimiento emerge, finalmente, de individuos pensantes insertos en una sociedad donde adquieren valores, ideologías y sentimientos, ¿cómo pueden estos no estar involucrados en la práctica científica? Lo que sucede, de hecho, es que el conocimiento científico trasciende las barreras que imponen las preferencias individuales. Que cada sujeto esté equipado con un aparato cognitivo que interpreta su realidad externa circundante de manera diferente, ya que no hay dudas de que así es efectivamente en muchos casos, no significa que, por lo tanto, el conocimiento objetivo sea imposible.

Esto es así porque, en primer lugar, el conjunto de fenómenos (la apariencia perceptual de algo para algún individuo sintiente) es menor al conjunto de hechos (basta sólo con pensar en un puñado de hechos no observables directamente, como el Big Bang o las primeras migraciones humanas. Pero también los micro eventos de los que participan partículas inobservables). En segundo lugar, porque diferentes hechos pueden presentarse de diferente manera o incluso no presentarse para diferentes individuos sensibles (los humanos no observamos todo el espectro electromagnético por caso) por lo que no existe una equivalencia uno-a-uno entre fenómenos y hechos objetivos. En tercer lugar, porque las ciencias deberían ocuparse de los fenómenos pero en términos de hechos. Esto es, las explicaciones científicas tiene que explicar los fenómenos en términos de hechos reales, objetivos, y no al revés. Las explicaciones científicas no son de la firma «El fenómeno x se muestra al sujeto y bajo la circunstancia z», sino de la forma «El fenómeno x, que que se muestra a y bajo circunstancia z. Es causada (o es indicativa de) el noumenon w».

Tanto un daltónico como una personal sin daltonismo pueden estar de acuerdo en que un objeto es de color rojo, objetivamente, usando un espectrómetro: un aparato capaz de analizar el espectro de frecuencias característico de un movimiento ondulatorio. Esa frecuencia en las haces de luz se corresponderá con lo que alguien sin daltonismo ve como rojo si y sólo si la longitud de onda dominante mide entre 618 y 780 nm. Es así como la subjetividad puede “objetivarse” a través del estudio de las propiedades supra fenoménicas de las cosas.

 

El enfoque ideológico y político

 

En mucha de la literatura sobre las ciencia sociales, los hechos objetivos o son muy poco tomados en cuenta o directamente son negados. Esto ocurre posiblemente porque, a diferencia de los sistemas de estudio de las ciencias naturales, los sistemas sociales están compuestos por sujetos con agencia, es decir, por personas con ideologías, culturas, sesgos cognitivos y afectivos pero también con voluntad propia; a diferencia de otros animales y de objetos inanimados. Pero esto, si bien innegable, no imposibilita la existencia de hechos objetivos. Ningún científico social puede negar que la expectativa de vida aumentó considerablemente en los últimos cincuenta años gracias a la invención de las vacunas, la sanidad pública y la recolección de desechos. La expectativa promedio de vida en una sociedad cualquiera es una propiedad que no depende de las emociones o pensamientos de las personas que componen ese sistema social, tanto como tampoco dependen la pobreza o la distribución del ingreso. Sin embargo, es cierto que diferentes sociedades interpretan y reaccionan diferente a diversos hechos objetivos. Un grupo social podría castigar el desempeño individual mientras que otro podría premiarlo. Lo que no puede negarse es que ambos eventos son hechos objetivos. En este sentido, es necesario hacer una salvedad importante. Que existan hechos objetivos no significa que cualquier cosa que se diga sobre ellos sea objetiva o verdadera ni que toda búsqueda honesta de alguna verdad objetiva la produzca, como así tampoco que la intención necesariamente repercute en el producto final de la investigación.

El caso del índice de Gini citado anteriormente demuestra cómo el instrumento en sí mismo no responde a políticas igualitaristas o segregacionistas. Y las mediciones y cálculos, si los hacen bien, los harán por igual el científico conservador que el progresista. En este sentido, la inclinación ideológico-política no es ni garantía de subjetividad ni mala ciencia. Aunque sí puede ser indicador de la presencia de sesgos cognitivos en la investigación. Pero esto siempre es objetivo ya que se trata de errores técnicos relacionados a la interpretación de las evidencias o la recogida de pruebas como así también a errores procedimentales en la experimentación. Todos los cuales, por cierto, son de carácter objetivo e impersonal.

Incluso a la hora de analizar una pieza de conocimiento desde diferentes puntos de vista políticos o ideológicos no es necesario perder de vista la objetividad, es decir, la relatividad. Subjetivo es lo que depende de un sujeto. Lo relativo es expresado respecto a un sistema particular de referencia. Lo relativo puede ser perfectamente objetivo (independiente de un sujeto). Por ejemplo, la velocidad es relativa al sistema en que se mide, pero perfectamente objetiva, como sabe cualquiera que ha chocado. De la misma forma, un trozo de conocimiento puede ser perfectamente objetivo y ser, a la vez, considerado en relación a algún marco de referencia socio-cultural o político (el clásico argumento de que ciertas formas de conocimiento “dependen”, en rigor de verdad sería que responden a, un alguna cosmovisión particular, y por lo tanto no serían objetivas. El problema de este argumento es que entiende la objetividad no como la impersonalidad de una idea sino como una idea vista desde el Punto de vista de Dios).


[1] http://www-personal.umd.umich.edu/~delittle/POSITIV5%20small.pdf

[2] https://plato.stanford.edu/entries/scientific-objectivity/

Las leyes científicas en las ciencias sociales: ¿existen? ¿cómo y por qué?

En el Universo, no existen evidencias ni razones para pensar que acontecen eventos milagrosos, es decir, eventos que no satisfacen alguna ley de alguna clase, sea esta estadística, causal, azarosa, etcétera. Postulamos, también, que todo cuanto existe es un individuo dotado de algunas propiedades de diferente clase y que esas propiedades cambian de manera legal, o sea, satisfacen algunas leyes. Además, todas las propiedades se relacionan con al menos alguna otra propiedad. La manera en que las propiedades se relacionan está supeditado a lo que se conoce como leyes. Una ley, en el sentido ontológico, es una pauta de ser y devenir de algún sistema de propiedades. En todos los casos, las propiedades que se relacionan legalmente son las propiedades esenciales y no accidentales (la ubicación espacial de un existente es una propiedad accidental, en tanto que el peso atómico es esencial. Otro ejemplo: la edad de una persona es una propiedad accidental en tanto que su predisposición genética hacia alguna enfermedad es esencial). Los predicados de ley suelen tener la forma “(∀x)Lx”, o sea, para todo equis; equis satisface la ley ele. Ejemplo trivial pero real: “todo proceso social satisface la ley de conservación de masa-energía”. Asumimos que todas las propiedades se relacionan legalmente y que esta es, a su vez, una propiedad común a todos los existentes: esto se conoce como el principio mínimo de legalidad y subyace a todas las ciencias y tecnologías. Este principio dicta que los cambios sociales están, también, regidos por algunas pautas subyacentes. Veamos más en profundidad esta tesis.

Cuatro acepciones de ley científica

La palabra “ley” en ciencia es polisémica, ya que puede significar una pauta objetiva en la naturaleza o la sociedad, una fórmula conceptual que representa dicha pauta o un procedimiento reglado. Tomemos como ejemplo la expresión “ley de Newton del movimiento”. Esta se puede entender como cierta pauta objetiva del movimiento mecánico. Otras veces los mismos términos designan la fórmula de Newton “Fuerza = masa por aceleración”, o cualquier otro enunciado que la incluye. Finalmente, “la ley de Newton del movimiento” se entiende a veces como una regla de procedimiento por medio de la cual se puede predecir o controlar las trayectorias de los cuerpos con masa.

Decimos entonces que existen, en total, cuatro acepciones diferentes del término ley dentro de la ciencia.

  1.  Ley 1, o simplemente ley, denota toda pauta inmanente del ser o del devenir; esto es, toda relación constante y objetiva en la naturaleza, en la mente o en la sociedad. 
  2. Ley 2, enunciado nomológico o enunciado de ley, designa toda hipótesis general que tiene como referente mediato una ley 1 , y que constituye una reconstrucción conceptual de ella. Todo enunciado de ley tiene, en realidad, dos referentes: uno es la pauta de cierta clase de hechos, al que se supone que se adecua (nunca perfectamente) al enunciado en cuestión, podemos llamarlo el referente mediato del enunciado de ley. El referente inmediato de un enunciado nomológico es, en cambio, el modelo teórico al que se aplica exactamente. Así, por ejemplo, la mecánica analítica se refiere en forma mediata a las partículas materiales, siendo su referente inmediato el concepto llamado “sistema de puntos materiales”.
  3. Ley 3, o enunciado nomopragmático, designa toda regla mediante la cual puede regularse (exitosamente o no) una conducta. Las leyes 3 son casi siempre consecuencias de leyes 2 en conjunción con ítems de información específica. Una clase conspicua de este tipo de ley es la de los enunciados nomológicos predictivos, esto es, las proposiciones mediante las cuales se hacen predicciones (o retrodicciones) de sucesos singulares.
  4. Ley 4, o enunciado metanomológico, designa todo principio general acerca de la forma y/o alcance de los enunciados de ley pertenecientes a algún capítulo de la ciencia fáctica.

Las leyes 1 son estructuras nómicas (pautas invariantes ) al nivel óntico. Las leyes 2 son proposiciones (que a menudo toman la forma de ecuaciones) acerca de pautas objetivas: existen al nivel del conocimiento. Las leyes 3, son relaciones invariantes al nivel pragmático: son guías para la acción fundada científicamente. Y las leyes 4 son prescripciones metodológicas y/o principios ontológicos (basados en hipótesis acerca de rasgos conspicuos de la realidad). [1]

Ilustremos las tres definiciones con un ejemplo. Tomemos por caso la ley del ratio metabólico en los mamíferos: la ley de Kleiber. Esta afirma que el metabolismo basal (B) en mamíferos sigue una ley de potencia con su masa (M) de exponente 3/4, es decir, B = c M3/4 y es una ley en la segunda acepción. Pero se refiere a una regularidad en los sistemas biológicos (animales), en tanto proceso material y real en el mundo, describe y representa el proceso metabólico normal y real en mamíferos en condiciones ordinarias. Una de las leyes (en la tercera acepción) que se desprende de la ley de Kleiber es la prescripción de los requerimientos calóricos mínimos de un mamífero típico. Finalmente, una ley en su cuarta acepción (postulado metanomológico) es que todos los procesos biológicos en todos los animales son legales (satisfacen alguna ley en la primera acepción).

Pero, en última instancia, ¿qué es realmente una ley científica en su segunda acepción? Ya definimos que en la primera se trata de relaciones constantes entre propiedades en la naturaleza o la sociedad. En cambio, las disciplinas científicas fácticas intentan desarrollar las leyes (segunda definición) que efectivamente representan leyes (primera definición) satisfechas por entidades materiales, en particular las leyes de su cambio regular. Las ecuaciones de movimiento y los esquemas de transmutación son ejemplos de proposiciones que representan dichas leyes (objetivas) de cambio. “Toda ley de cambio puede concebirse, en última instancia, como una condición o restricción sobre las variables de estado que representan las propiedades de la cosa en cuestión” [2] . Por ejemplo: “pV = nRT” (o sea, la ley de gases ideales) restringe las variaciones de la presión, el volumen y la temperatura de un gas: dichas variaciones no pueden ser arbitrarias ni milagrosas (y de hecho no lo son). En otras palabras, las leyes de las ciencias fácticas (es decir, los enunciados nomológicos) se refieren a los estados realmente posibles de las cosas así como los cambios de estado (sucesos) realmente posibles de las cosas. Las leyes no crean cosas o propiedades, como sostienen los constructivistas radicales, por decreto, sino que representan propiedades de cosas y lo hacen de manera aproximada. En particular, no adjudican a las cosas concretas propiedades lógicas tales como contradicción, o semánticas tales como verdad. Nada de esto ocurre con los objetos conceptuales y las leyes que los definen. Y es por esto que las leyes de la mecánica o los fluidos no son satisfechas por objetos conceptuales como los números: solamente los enunciados de ley son matemáticos, la realidad no es matemática.

Esta misma forma de entender las leyes sociales y naturales concuerda con la de Romero [3] . Dice Romero que “las leyes son restricciones al espacio de estados de los sistemas materiales O sea, hay estados a los que el sistema no puede acceder (cambios que no pueden suceder) porque otro sistema lo restringe (otro cambio lo impide)”. Así, se diferencian dos clases generales de ley: la de las cosas fundamentales, que por el momento está limitado a las partículas del modelo estándar de la física, y las leyes derivadas que se refieren a sistemas compuestos formados por cosas fundamentales pero con propiedades emergentes. Es decir, las leyes de los gases, los líquidos, los plasmas, las leyes químicas, biológicas pero también las sociales y las cosmológicas (acaso algún día se encuentre alguna ley tecnológica).

Las propiedades, los cambios y sus límites

Las cosas que existen, sea como fuere que lo hacen, parecen estar particularmente caracterizadas por tener propiedades. Una propiedad es, en resumidas cuentas, una cualidad o una manera en la que se manifiesta algo que existe. Las propiedades de alguna cosa específica son todas las demás cosas peculiares que la hacen distinguible de otra cosa. Un individuo es igual a sus propiedades en algún momento arbitrario específico.

Sabemos que las cosas transitan o sufren cambios, las propiedades cambian: los bebés se vuelven adultos, las sociedades se empobrecen o enriquecen y algunos discursos políticos o de marketing dejan de ser efectivos. De esto pueden elaborarse dos nociones básicas: las cosas están en estados particulares y esos estados pueden cambiar. Por lo tanto podemos analizar cualquier cosa que cambie chequeando en qué estados está (a tal temperatura para el caso de un objeto físico, con tantos depredadores en el caso de un ecosistema o con tal popularidad en el caso de un gobierno), a qué estados puede cambiar y cómo lo hace (¿cuántos depredadores pueden introducirse en el ecosistema antes de que se desmorone? ¿cómo afectó a la popularidad del gobernador su último discurso?). Una de las metas de cualquiera ciencia es entender cómo alguna cosa (por caso, para la comunicación organizacional de una empresa podría ser el uso de algún nuevo sistema de registro para los empleados) cambia de un estado a otro y por qué, como también cuáles son los límites de esos cambios (siguiendo el ejemplo anterior, un comunicólogo interesado en las organizaciones debe querer saber cómo la comunicación interna afecta el cambio de percepción y uso de los empleados del sistema de registro en cuestión.

Por otro lado, descubrir los límites de ese cambio es descubrir las leyes que gobiernan a esas propiedades y que subyacen a al ser y devenir de esa propiedad en particular). Como se afirmó anteriormente, todo cuanto existe realmente posee alguna cantidad de propiedades. La totalidad de propiedades de una cosa en un determinado momento determina el estado de la cosa en ese tiempo dado.

Ahora, es posible simbolizar el conjunto de las propiedades de un individuo cualquiera como:

X=< x, P >

La cosa X es un individuo x con propiedades P.

Podemos cuantificar (representar cuantitativamente) las propiedades con funciones. Luego llamar espacio de estados de la cosa X al espacio determinado por el conjunto de funciones que representan a los elementos de P.

Para presentar el enfoque del espacio de estados, considérese el caso más sencillo posible: el de una cosa con sólo dos propiedades, tales como la posición y el momento, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco, el tamaño poblacional y el PIB o la cantidad y el precio. Llamemos a estas propiedades P1 y P2 que se representan por medio de funciones matemáticas, o “funciones de estado”, F1 y F2 respectivamente. Para conseguir mayor precisión, consideraremos que estas funciones dependen únicamente de la variable temporal t. A continuación, formamos el par ordenado F(t) = <F1 (t), F 2 (t)>.

Esto puede representarse gráficamente mediante el ápice de un vector en un espacio cartesiano bidimensional, a saber el producto cartesiano de los codomnios de F1y F2. Con el transcurso del tiempo, F(t) se mueve en ese espacio, originando una trayectoria que resume la historia de la cosa representada. Este movimiento está constreñido por la(s) ley(es) que relaciona(n) F1 con F2.

 

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Caso de ejemplo, tomado de “The philosophy of mind needs a better metaphysics”,  Martin Mahner (2017)

En pocas palabras, cada estado de una cosa concreta puede representarse por un punto en el abstracto espacio de estados y los cambios en los estados de las cosas se representan como trayectorias en el espacio de estados. El conjunto de esas trayectorias es la historia de una cosa en cuestión. La conceptualización de los individuos, si bien objetiva, es variable porque la cantidad de estados o cambios varían en relación al conocimiento que se tiene sobre la cosa en cuestión.  El análisis de espacio de estados es una herramienta que ayuda a entender cómo funciona alguna cosa en cuestión, es ,si se quiere, un esqueleto para rellenar con datos empíricos y teorías sobre esas cosas en cuestión. De ninguna manera el espacio de estados es una forma de investigación o conocimiento en sí mismo. Si un conocimiento más o menos específico de los objetos es imposible trazar su espacio de estados.

 

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Las leyes de la sociedad y la mente

Una vez definido el concepto general de ley científica, podemos ocuparnos del problema de las leyes científicas en las ciencias sociales. En primera instancia, es importante remarcar la conectividad (enlaces teóricos o puentes) que existen entre las leyes de las ciencias naturales porque ayudan a explicar cómo son y cómo funciona la generación de leyes en las leyes sociales. Muchas ciencias naturales, como la biología o la química, adoptan o presuponen leyes físicas o de niveles inferiores. Así, las leyes mecánica y la termodinámica dan lugar a las leyes de los fluidos. Las leyes de los fluidos en conjunción con la electrodinámica dan lugar a las leyes magnetohidrodinámica (los plasmas). Las leyes de la mecánica cuántica junto a las llamadas condiciones de borde dan lugar a las leyes químicas. Las leyes de la física y la química permiten la emergencia de las leyes biológicas. 

Algo parecido sucede con las ciencias sociales. Es cierto que algunas ciencias usan más leyes de las que generan. Esto es particularmente válido para las ciencias históricas, tanto las naturales como las sociales. Por ejemplo, los cosmólogos, los geólogos, los paleontólogos y los biólogos evolutivos —todos ellos historiadores de la naturaleza— no han dado con muchas leyes, pero se valen de un conjunto de leyes físicas o químicas, por ejemplo cuando explican la deriva de los continentes y la extinción de ciertas especies. De manera similar, los historiadores tal vez no descubran ninguna ley universal, pero encuentran sin duda regularidades espaciotemporalmente limitadas y usan un conjunto de generalizaciones universales tomadas de la psicología, la sociología y la economía.

¿Qué conclusiones podemos sacar de esto? Primero, que los científicos sociales deberían; al menos, adoptar con humildad la estrategia de trabajar con hipótesis que integren a las ciencias vecinas con las cuales se relacionan. Un científico social no debería ignorar los avances de la psicología, la biología del desarrollo, la medicina social o la antropología natural. Es más, se espera que se alimenten de tantas leyes como puedan, tal y como la biología o la química lo hacen de la física. Segundo, que las leyes científicas (en la segunda acepción) se trabajan sobre la base de una enorme cantidad de datos e hipótesis bien confirmadas. Sin esta clase de conocimiento, encontrar leyes es prácticamente imposible. Afortunadamente, los investigadores sociales cuentan con una gran cantidad de datos (aunque las hipótesis bien construidas y confirmadas siguen escaseando). Estos datos permiten tener intuiciones válidas sobre las relaciones que existen entre propiedades sociales.

¿Es posible dar el salto cualitativo de generalización empírica a ley científica? Véamos. Una primera objeción a las leyes sociales es que los individuos tienen potencial para actuar y toman decisiones conscientes e inconscientes influenciadas por una cantidad incalculable de factores: ideologías, rasgos culturales, motivaciones personales, etcétera. Esto es cierto, pero no sirve como argumento contra la legalidad de las ciencias sociales por el siguiente motivo. Piensése en el siguiente ejemplo: El planeta Tierra es único, pero es uno de entre otros tantos que existen en el cosmos; también tiene una trayectoria única, pero que satisface las leyes generales de la mecánica celeste. Del mismo modo, la economía francesa es única e idiosincrática, pero pertenece a la clase general de las economías mixtas; y cualquier crisis capitalista es diferente de todas las otras recesiones, salvo en el hecho de que es una depresión más en el movimiento cíclico general del capitalismo. Y todos los acontecimientos importantes en la vida de una persona —como nacer, aprender a caminar, conseguir el primer trabajo y morir— acontecen una única vez. Pero todas estas clases de sucesos ocurren una y otra vez en cualquier sociedad y se ajustan a regularidades estadísticas que permiten a los organismos gubernamentales y las compañías de seguros hacer pronósticos estadísticos (con un margen de error tal que les permite ganar dinero y recibir inversiones gigantescas). “El accidente y el azar en un nivel pueden ser respectivamente ley y causación en el siguiente” [4]

Una segunda crítica se centra en las peculiaridades de los sistemas sociales en algún momento dado. Quienes rechazan la posibilidad nómica de leyes sociales argumentan que las sociedades cambian muy rápido y lo hacen en diferentes niveles lo que imposibilita la enunciación correcta de leyes sociales. Algo con lo que los físicos y químicos supuestamente no lidian, ya que un átomo de hidrógeno siempre mantendrá sus propiedades a pesar de un cambio de gobierno o una guerra a gran escala. Nuevamente, esto es verdadero pero no constituye una objeción legítima a la existencia real de leyes sociales. Por ejemplo, el antropólogo, arqueólogo o historiador bien informado se interesará tanto en las similitudes como en las diferencias entre las sociedades (o “culturas”). Se va a interesar tanto las semejanzas entre las primeras civilizaciones (las referidas a la realeza, las obras públicas, los impuestos, la burocracia y la ideología estatal) como los elementos singulares del culto de los muertos, la escritura jeroglífica o el rey dios de los egipcios. Las particularidades sugerirán, circunscribirán y someterán a prueba las generalizaciones, y a su turno estas contribuirán a descubrir y arrojar luz sobre aquéllas.

La razón de que esto sea así es tanto filosófica como ontológica. Los científicos sociales estudian sistemas sociales y no individuos, y es normal entonces que busquen encontrar leyes de las sociedades y no leyes ontológicas de Mengano o Fulano. Es normal y esperable que los científicos sociales se ocupen de regularidades macro que afectan a las propiedades emergentes de los sistemas sociales, tales como el comercio, la guerra, las elecciones democráticas o la suba y baja de la tasa de empleo porque su campo de estudio son las sociedades y sus propiedades emergentes conspicuas. La búsqueda (filosófica y metodológica) de leyes está cercada a las propiedades macro porque estas son las que interesan a los  científicos sociales y las que son, en efecto, particulares de los sistemas sociales. Por otra parte, es cierto que la mayoría de las regularidades sociales son específicas de una sociedad y limitadas en el tiempo. Pero algo similar vale para todas las regularidades químicas y biológicas: sólo se mantienen dentro de estrechos intervalos de temperatura y presión. Como se explicó anteriormente, no pueden existir leyes del comercio internacional sin la existencia de las naciones por lo que es válido argumentar que las leyes (que se refieren a propiedades de cosas que realmente existen) aparecen o desaparecen conforme las macropropiedades sociales emergen o se sumerjan. Tampoco habría ley de evolución sin un entorno y biopoblaciones. De hecho, esta ley sólo es válida en planetas que alberguen vida y es posible que en otros planetas de nuestro sistema solar dicha ley (en su primera acepción) no exista.

Una ley natural o social puede no tener límites espaciales o temporales, como resulta el caso de las leyes físicas básicas. O bien, puede poseer límites de espacio y tiempo, como es el caso de las leyes biológicas, que empezaron a existir en nuestro planeta hace tan sólo tres mil millones de años, junto con los primeros organismos, y de las leyes sociales, que han evolucionado al mismo tiempo que la sociedad. Sin embargo, la existencia o no de leyes sociales, y de existir; cuáles valen para todas las sociedades y cuáles son específicas de las sociedades de un cierto tipo, son preguntas filosófico-científicas válidas que dividen aguas entre los investigadores sociales. Pero lo cierto es que en ninguna ciencia las leyes valen para todo su dominio en todo momento. Las leyes de los líquidos y de los sólidos no surgieron antes de que se formaran los primeros planetas. De igual manera, las leyes de las reacciones químicas no existen ahí donde la temperatura es demasiado baja o demasiado alta para que ocurran tales procesos. El caso de las leyes biológicas es similar.

En este sentido, no es erróneo ni exagerado hablar de leyes sociales espacio- temporalmente constreñidas. Algunos ejemplos al pasar son: las sociedades de cazadores y recolectores son técnicamente inferiores que las sociedades industrializadas, la desigualdad de ingresos alienta la estratificación, la cultura superior no emerge sino hasta que se hayan satisfecho las necesidades básicas, etcétera. Dada la definición
semántica y ontológica de ley científica es fácil pensar incluso en una metaley social de la forma “la extinción de leyes sociales constreñidas espacio-temporalmente es directamente proporcional al ritmo de cambio de las sociedades”. La verdad de hecho de estas regularidades queda supeditada a la experimentación y la recogida de evidencias pertinentes.

¿Conocemos, a fin de cuentas, alguna ley de la sociedad? No se conoce, al día de hoy, una ley sobre la sociedad que tenga el alcance, la profundidad, el sustento y la exactitud de las leyes físicas fundamentales. Sin embargo, hay mucho más de lo que parece a primera impresión. Como primer acercamiento, en Bunge [4] podemos encontrar una veintena de generalizaciones empíricas que pueden servir de base para la búsqueda de leyes. Algunas son:

1/ El tamaño de la población está limitado por el volumen de la producción económica, que a su turno lo está por los recursos naturales y la tecnología.

2/ Las sociedades con economías de subsistencia son más igualitarias que las que tienen excedentes de producción.

3/ La cohesión de una comunidad es resultante de la intervención de sus miembros en varios grupos o actividades, y disminuye con la segregación.

4/ La opresión y la explotación pueden aumentar sólo hasta cierto punto sin generar resistencia pasiva, descontento o rebelión.

5/ Sólo las reformas sociales integrales (económicas, políticas y culturales) son eficaces y duraderas.

Pero, además, existen desarrollos formales de hipótesis sociales bien confirmadas que disputan el rango de ley científica. Nombremos algunos. En economía, existe la llamada Ley de rendimientos decrecientes. Esta ley (enunciada por primera vez por David Ricardo) relaciona la productividad marginal con los factores de producción. El enunciado de ley expresa que a medida que se agregan factores productivos a un proceso de producción, la productividad marginal tiende a disminuir. Es decir, se trata de una ley sobre una macropropiedad de los sistemas económicos (la disminución/aumento de la productividad) respecto a otra propiedad global (los factores de producción).

En la criminología, una de las más famosas (y disputadas) es la llamada Ley de Verkko. En 1951, Veli Verkko formuló sus leyes estáticas y dinámicas. Estas leyes establecieron que la tasa de mujeres en homicidios se mantiene estable a través de los países y en un país a lo largo del tiempo, y que la variación promedio en la tasa global transversal y longitudinal es una función de las diferencias en la tasa masculina. Se trata de una regularidad objetiva respecto al cambio y el estado del crimen. Una pauta objetiva.

En psicología podemos citar dos ejemplos. La Ley de Weber-Fechner es uno. Ernst Weber fue un psicólogo experimental del siglo diecinueve que estableció la existencia de un “umbral de percepción”; esto es, la existencia de una cantidad mínima por la cual se debe cambiar la intensidad de un estímulo para producir una variación notable en la experiencia sensorial. El investigador observó que el tamaño del umbral de diferencia parecía estar legalmente relacionado con la magnitud del estímulo inicial. El enunciado de ley formal es el que sigue: ΔI/I = k (donde delta I representa el diferencial del umbral, I representa la intensidad del estímulo inicial y k representa una constante). Supongamos que se presentan dos puntos de luz, cada uno con una intensidad de 100 unidades, a un observador. Luego se le pide al observador que aumentara la intensidad de una de las fuentes de luz hasta que fuera notablemente más brillante que la otra. Si el brillo necesario para producir una diferencia apenas perceptible era 110, entonces el umbral de diferencia del observador sería 10 unidades (es decir, delta I = 110 – 100 = 10). La fracción Weber equivalente para este umbral de diferencia sería 0.1 (delta I / I = 10/100 = 0.1). Usando la Ley de Weber, es posible predecir el tamaño del umbral de diferencia del observador para un haz de luz de cualquier otro valor de intensidad (siempre que no sea extremadamente oscuro o extremadamente brillante). Es decir, si la fracción de Weber para discriminar cambios en el brillo del estímulo es una proporción constante igual a 0.1 entonces el tamaño de la diferencia apenas perceptible para un punto que tiene una intensidad de 1000 sería 100 (es decir, delta I = 0.1 X 1000 = 100).

Otro ejemplo es la llamada “Regla delta del aprendizaje por reforzamiento” de Rescorla-Wagner: ΔAij = αi βj (λj – ΣiAij). Esta ley sostiene que dado un ensayo n de un condicionamiento i-j (CS-US), el cambio en la fuerza de asociación que resulta de n es igual al producto de los parámetros de CS y US, por la fuerza máxima de asociación del US menos la suma de las fuerzas de los CS presentes en n (si es que hay varios CS simultáneos en n). La regla predice las curvas de adquisición decreciente, la extinción, y el bloqueo, entre otros fenómenos [5].

En sociología urbana, recientemente me topé con el trabajo de Ed Stephan, su libro “The division of territory in Society” es un exhaustivo trabajo de investigación empírica sobre cómo acontecen los cambios legales en la división territorial. Hay dos excelentes capítulos dedicados: el 17, dedicado a la filosofía de las ciencias sociales en general; especialmente respecto al concepto de ley, y el capítulo 9, enfocado en formular un puñado de leyes sobre los cambios territoriales en las sociedades.

Conclusión

La existencia de leyes científicas ontológicas (acepción 1 de ley científica) en otros niveles de organización que no sean el físico es polémica. No hay consenso respecto a las leyes biológicas y muchos científicos y filósofos creen que no existen leyes de la sociedad. 

Si bien es cierto que no existen, al momento, enunciados de ley científicos respecto a las pautas inmanentes y objetivas de la sociedad o la biología, sería un error afirmar que estas no existen en términos ontológicos. Creo esto porque, de ser así, se renunciaría al principio de legalidad (toda propiedad está legalmente ligada con otra) y eso invita a aceptar la posibilidad de una miríada de eventos que pocos creen posibles. Desde eventos sobrenaturales a milagrosos. Esto es así porque, en última instancia, las leyes naturales y sociales son restricciones al espacio de estados de los sistemas (i.e. hay estados a los que existen no puede acceder, cambios que no pueden ocurrir). Si rechazamos el principio de legalidad estamos tácitamente aceptando que cualquier evento es plausible ontológicamente ya que no habría restricciones legales para las propiedades y sus cambios.

En resumen, no conozco ninguna ley del cambio biológico tan fundamental como las leyes físicas respecto a las partículas elementales, pero creo que es necesario y conveniente no renunciar al principio de legalidad y aceptar que en algunos niveles de organización las relaciones legales están restringidas por las condiciones de contorno (es decir, espacio-temporalmente delimitadas). Como precepto metodológico, nunca se va a encontrar un enunciado de ley satisfactorio si se parte del supuesto de que no puede hacerse.

En resumen, la postulación de la existencia de leyes sociales es congruente con el principio de legalidad que parece satisfacerse en todo el Universo. Por otro lado, no hay razones científicas o filosóficas para pensar que los sistemas sociales no se comportan de manera legal. No se conocen milagros sociales pero es honesto admitir que tampoco se conocen muchas leyes bien fundamentadas como sucede en las ciencias naturales. Por último, el puñado de ejemplos que se presentaron al final demuestran que; más allá del valor de verdad o la exactitud, es posible imaginar enunciados de leyes sociales que representan más o menos fielmente algún evento legal en los sistemas sociales de alguna clase en algún momento específico.

Nuevamente: es cierto que no se conocen muchas leyes sociales a comparación de las leyes físicas, pero esto no significa que las existentes sociales estén exentos de legalidad. Lo que no se conoce son enunciados de ley verdaderos respecto a las leyes que subyacen a la sociedad. Pero no se debe confundir la ausencia de un predicado (una entidad abstracta o conceptual) con la ausencia de una propiedad (entidad material).

 

Bibliografía

[1] Bunge, M. (1976). La ciencia: su método y su filosofía. Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte.
[2] Bunge, M. (1980). Epistemología: curso de actualización. Barcelona: Ariel S.A. p. 59

[3] Romero, G. E. (2016). Filosofía Científica. In Curso de introducción a la filosofía científica. La Plata: Universidad Nacional de La Plata.

[4] Bunge, M. (1998). Social Science Under Debate: A Philosophical Perspective. University of Toronto Press. p.39

[5] Roeckelein, J. E. (1998). Dictionary of Theories, Laws, and Concepts in Psychology. Westport, Connecticut: Greenwood Press.

[6] Castro, M.N. (2018) “Una Filosofía Científica para las Ciencias de la
Comunicación”. Tesina de grado. Universidad de Belgrano.

Pequeña crítica filosófica al psicoanálisis

El psicoanálisis es una de las pseudociencias más criticadas seriamente. Como el psicoanálisis goza de un lugar de privilegio en la academia, al contrario de digamos los terraplanistas o los truthers del 9/11, pero al igual que la homeopatía y otras pseudotécnicas medicinales, es blanco de muchas criticas informadas y serias desde los claustros universitarios tanto como de los laboratorios y academias de ciencia. Muchas de estas criticas se enfocan en los defectos y problemas del psicoanálisis en la clínica, es decir a la hora de efectivamente curar o aliviar algún malestar o enfermedad, porque esta es la forma en la que los científicos y los psicólogos cotejan hipótesis médicas: intentan probar su efectividad con una batería de pruebas y exámenes como los exámenes a doble ciego, el control de placebo, las estadísticas, el control de sesgo, el seguimiento del paciente, las encuestas y un largo etcétera. Existen muchísimos estudios (acá hay más) sobre la ineficacia del psicoanálisis frente a casi la totalidad de resto de las terapias rivales, como los tratamientos cognitivo conductuales. Una gran cantidad de escépticos y críticos del psicoanálisis fundan sus razones en todos estos estudios (actualmente también hay un vigoroso proyecto de crítica histórica al psicoanálisis con libros como El Libro Negro del Psicoanálisis y autores como Michel Onfray). Y con mucha razón, ya que lo mínimo que se le puede pedir a un tratamiento médico es que funcione. ¿Pero puede agotarse la crítica en esta instancia? si bien yo creo que es suficiente también creo que vale la pena intentar una crítica filosófica al psicoanálisis.

Hay buenas razones para criticar a la filosofía inherente al psicoanálisis. Aunque es cierto que no existe un único psicoanálisis, algunos autores se mantienen muy cerca de las posturas originales de autores como Freud, Lacan, Jung y sus discípulos como Alain Miller, y otros intentan entablar vínculos con otros autores y con otras psicotécnicas como es el caso del neuropsicoanálisis o la psicoterapia (psychotherapy), casi todas las variantes comparten algunas concepciones que serían el núcleo del psicoanálisis que, además, al ser tan generales son filosóficas. Un puñado de ejemplos ayudan a ilustrar este punto: existe algo llamado Inconsciente que es diferente de los procesos inconscientes, la mente no es un sistema emergente del cerebro y a veces ni es material, represión y retorno (a veces simbólico) de lo reprimido, mayor relevancia de los factores subjetivos frente a los objetivos (por ejemplo dar mayor mucha mayor importancia a las interpretaciones subjetivas que a los factores objetivos como ambiente familiar, estatus socio-económico o predisposición genética) entre otras.
Una crítica filosófica del psicoanálisis tiene que enfocarse en las concepciones e hipótesis muy generales del psicoanálisis. En particular en las suposiciones ontológicas, epistemológicas y semánticas pero también en éticas y praxiológicas e incluso políticas.
Una última razón es que la relación entre el psicoanálisis y la filosofía es muy popular aunque ciertamente esto no significa que no sea una relación forzada y estéril. Desde Paul Ricoeur, que incluyó a Freud entre los llamados maestros de la sospecha (que incluiría a Marx y a Nietzsche), y llegando hasta nuestros días de la mano de Slavoj Žižek que es filósofo y profuso admirador de Lacan, muchos autores han intentando combinar el psicoanálisis con la filosofía. Existen una miríada de textos menos famosos en este rubro. Hay libros de filosofía política y psicoanálisis, como ser La Izquierda Lacaniana de Yannis Stavrakakis. Libros de psicoanálisis y filosofía social, como cualquiera de la Escuela de Frankfurt. Los libros que mezclan marxismo y psicoanálisis también son muy populares. Hay otras cosas francamente graciosas, como este artículo (publicado por la Universidad de Buenos Aires) que intenta combinar las interpretaciones filosóficas de la mecánica cuántica con el psicoanálisis. Por si quedan algunas dudas, existe una revista de Psicoanálisis y Filosofía que publica regularmente la universidad argentina UCES: Verba Volant.
Además, una crítica filosófica al psicoanálisis tiene una ventaja adicional: permite hablar de los fundamentos antes que de aplicaciones específicas. Es decir que incluso si todos los estudios sobre la ineficacia del psicoanálisis estuvieran errados, si el psicoanálisis no puede defenderse a un nivel fundamental quiere decir que efectivamente estaríamos ante la presencia de una pseudociencia independientemente de que los estudios sobre su aplicación clínica estén viciados. Difícilmente una técnica sin fundamentos epistemológicos sólidos sea eficaz, o una teoría política basada en preceptos errados o falaces sea de utilidad para politólogos y administradores.

La ontología del psicoanálisis

La ontología es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar el ser y el devenir del mundo, vale decir, que estudia las cosas y sus cambios de manera general (la ciencia las estudia específicamente). La ontología del psicoanálisis trata entonces de qué entienden o presuponen los psicoanalistas sobre el mundo y sus cambios. Hasta donde sé, no existe ningún escrito psicoanalítico que sistemáticamente exponga y defienda cuál es la ontología que adopta el psicoanálisis en sus diferentes variantes. Algo que en otras ciencias es muy común. Los físicos por ejemplo saben con suficiente precisión qué clase de cosa son las partículas, tienen una idea general del cambio y la emergencia (de cosas complejas a partir de cosas simples, por ejemplo saben diferenciar un campo fundamental de una molécula y esta a su vez de sus interacciones) y tienen la concepción más exacta y verdadera del espacio y el tiempo. Lo mismo se puede decir de los biólogos, que tienen una idea lo suficientemente clara de conceptos muy generales como especie, vida u organismo.
De todas maneras, se puede trazar una ontología del psicoanálisis a partir de la lectura de sus textos más importantes. La más famosa y controversial es la posición de los psicoanalistas frente al llamado “problema mente-cerebro”, que se trata ni más ni menos que del debate sobre las concepciones ontológicas respecto a la mente y el cuerpo. ¿Qué es la mente?, ¿algo diferente al cuerpo o es parte de este?, ¿qué son las ideas o los pensamientos?, ¿cosas físicas o cosas inmateriales? La posición psicoanalítica parece ser el dualismo psico-físico (también llamado dualismo psiconeural). Se trata de la tesis que afirma que las mentes (espíritus, almas) son entes que responden a otras leyes distintas de las naturales, las cuales rigen por diferencia a aquellas entidades carentes de alma. Para el dualismo, las mentes o almas “ocupan” los cuerpos y pueden existir independientemente de éstos, precepto que a su vez le da sustento a la idea religiosa de la posibilidad de una trascendencia de la mente-alma más allá de la “vida física orgánica”. En particular, las ideas más fundamentales para las hipótesis psicoanalíticas (como la represión o la constitución Yo-SuperYo-Ello de la mente) no se refieren jamás al cerebro de manera directa o indirecta. La tríada Yo-SuperYo-Ello existe por fuera del cerebro y no sería por lo tanto material. De acuerdo la psicología científica, por ejemplo, los sueños son procesos cerebrales (es decir, materiales) pero para el psicoanálisis los sueños son el retorno simbólico de algo que se reprimió. Es de notar que por lo tanto los sueños son una función especial del Incosciente freudiano inmaterial, y no una función en parte biológica como lo es la digestión o la respiración.
Cuando Freud desarrolla sus famosas hipótesis de las pulsiones y de la líbido, jamás específica qué clase de cosas son. Si bien dice mucho sobre sus supuestas funciones, poco nos dice sobre su naturaleza. ¿Es la líbido energía en el mismo sentido al que se refieren físicos o biólogos? ¿puede mesurarse de alguna manera? ¿existen algún artefacto capaz de medirla? ¿es compatible con las leyes de la conservación de la energía? No lo sabemos.
Otro indicador de cierto idealismo en el psicoanálisis es la manía por relacionar y hacer referencia en todas las explicaciones a símbolos. Si un psicoanalista quieren encontrar la razón o causa de una enfermedad suele buscarla en símbolos o abstracciones (muchas veces alusivas al sexo o la sexualidad). Si una persona tiene, digamos, fobia a la soledad o la soledad le produce ansiedad para un psicoanalista se deberá a que la persona intenta simbolizar su miedo no poder evitar masturbarse en soledad. Este descabellado ejemplo no es de mi autoría, sino de Freud (Inhibición, Síntoma y Angustia, 1925). Casi todas las explicaciones psicoanalíticas son de este tipo: se refieren a símbolos y abstracciones, no a cosas materiales como cerebros, familias o condiciones de vida (como vivir en la pobreza, tener pocos amigos, etcétera). El psicoanálisis no parece presentar explicaciones que se refieran a mecanismos de alguna clase que no sean simbólicos o abstractos, no parece haber casi ninguna explicación que se refiera a algún mecanismo material (como por ejemplo la segregación de alguna sustancia como la dopamina).
Un último ejemplo. Una de las definiciones más extrañas de inconsciente se la debemos a Lacan. Según Lacan el inconsciente “se estructura como un lenguaje”. Así que para Lacan el inconsciente, que es responsable de casi todo lo que sucede en la vida mental de alguien, es una estructura de un objeto formal (un lenguaje) lo que no hace sino probar el idealismo que atraviesa al psicoanálisis.
En resumen, el psicoanálisis asume un dualismo psiconeural que resulta incompatible con la ontología de las ciencias empíricas y con el método científico en general.

Semántica del psicoanálisis

La semántica es la rama de la filosofía que se ocupa del sentido, la referencia, la verdad, la claridad, la relevancia, representación, etcétera. Estos conceptos semánticos se destacan en la siguiente muestra de enunciados: “El tensor de campo se refiere al campo”, “Una teoría de campos representa el campo al cual se refiere” , “El sentido de un tensor está esbozado en las ecuaciones de campo” y “El experimento indica que la teoría de campos es aproximadamente verdadera” (Bunge, 2008).
Retomando el ejemplo de la sección anterior respecto a la definición de, quizás, el concepto más importante en el psicoanálisis lacaniano: el de Inconsciente. Todo predicado tiene algún sentido (contenido o connotación) y se refiere a algo (denotación). Por ejemplo, el sentido del predicado «cruel» es «que se deleita en dañar a un ser viviente» y los referentes de este predicado somos los seres humanos. En cambio, el sentido del predicado «tía» es «hermana de padre o madre» y su clase de referencia es la clase de todos los animales que se reproducen sexualmente (Bunge, 2002). En la definición lacaniana de Inconsciente como algo “estructurado como un lenguaje”, ¿cuál es el sentido? ¿todos los lenguajes? ¿algunos, en ese caso, cuáles y por qué?, ¿es como suele decirse la metáfora y la metonimia? en ese caso, ¿qué metáforas, todas, algunas? No parece haber tampoco una clase de referencia clara porque no se sabe si son todas las metáforas o sólo alguna, ni tampoco si se refiere a lo que los lingüistas entienden por estructura de un lenguaje particular (o de una estructura general) que poco o nada tiene que ver con la definición de Lacan. Otras frases de Lacan simplemente carecen de sentido y pueden ser analizadas seriamente. Como por ejemplo “Amar es dar lo que no se tiene a quien no es” o “Pienso donde no soy, luego soy donde no pienso”
Otro de los conceptos claves de la semántica, el de verdad, está ausente en el psicoanálisis. Hasta donde sé los psicoanalistas no desarrollaron una definición de verdad especial ni tampoco adoptaron una preexistente explícitamente. Lo cierto es que parece que la verdad no es un tema que le importe demasiado a los psicoanalistas hoy en día. Aunque pareciera que la teoría adoptada tácitamente es la apelación a la autoridad (como en el caso de “…como dijo Freud…”) que implica que algo es verdadero sólo porque alguien con autoridad así lo dice.
La claridad tampoco es el fuerte de los psicoanalistas. Las hipótesis tienen una doble existencia, hay un sentido literal para hacer afirmaciones rotundas y llamativas, y un sentido amplio y metafórico que evita la refutación. El complejo de Edipo en sentido literal es un deseo incestuoso y un deseo de muerte, mientras que en sentido amplio es un conjunto de conceptos, tales como amor, odio, celos y rivalidad, que permiten describir cualquier relación humana, o también se lo define como una estructura triangular entre el niño, el objeto de deseo y el portador de la ley. El falo designa al pene, o a todo aquello que se desea (por eso, cualquier deseo puede confirmar la amenaza de castración o la envidia del pene). La homosexualidad es el deseo sexual en sentido estricto, o cualquier relación amistosa entre individuos del mismo sexo. Siempre puede decirse que “el psicoanálisis es otra cosa” (Primero, 2005) algo ciertamente útil que se puede aprovechar de la ambigüedad, pero bastante deshonesto.

Epistemología del psicoanálisis

El aspecto filosófico que más atención ha recibido. Casi todo el mundo conoce las críticas de Popper o de Bunge a la epistemología del psicoanálisis. Es también, junto con la ineficacia clínica, uno de los blancos predilectos de los críticos y escépticos del psicoanálisis. Por si hace falta, recordamos que la epistemología es la rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento. Trata de problemas tales como qué significa conocer, qué formas de conocer existen, qué es el conocimiento, cómo se diferencia el conocimiento científico del conocimiento ordinario, qué es una ciencia y qué es una pseudociencia, qué son y cómo se diferencian entre si una teoría, una ley, una hipótesis y un dato, qué constituye una evidencia y un largo etcétera.
Las hipótesis psicoanalíticas parecen, honestamente, un listado de las características básicas de una pseudociencia. Es reduccionista, porque el psicoanálisis es pansexualista y panpsíquico. Es decir todos sus postulados se explican desde una teoría de lo sexual, y, todas las conductas tanto individuales como sociales, los comportamientos del hombre en la historia o lo que sea se explica por lo psíquico: no examina otros niveles de organización de la realidad. No existen, por ejemplo, hipótesis psicoanalíticas que vinculen aspectos psicológicos con aspectos sociales o biológicos. No existe una hipótesis puente entre el desarrollo de las fases de desarrollo (valga la redundancia) del psicoanálisis (anal, fálica, oral) y otros aspectos como el nivel socioeconómico o el estatus social. Algo que las ciencias psicológicas hacen todo el tiempo como cuando relacionan niveles de desigualdad de ingresos y autonomía laboral con insatisfacción o ansiedad. El psicoanálisis es al menos parcialmente infalsable, como bien lo afirmó Popper porque cualquier evento es interpretado como confirmatorio. En muchos casos, frente a un evento que parece refutar una hipótesis, se reinterpreta esta última para poder sostenerla (por ejemplo, cuando Freud busca traumas sexuales infantiles para explicar la neurosis y el paciente los niega sostiene que fueron reprimidos, y cuando es evidente que el suceso nunca ocurrió lo considera una fantasía inconsciente, ejecutando dos veces el artilugio de “huir hacia lo infalsable” para seguir sosteniendo su hipótesis) (Primero, 2005). En otros casos las hipótesis fueron refutadas experimentalmente, como la represión de hechos traumáticos (refutada en parte por los trabajos de la Dra. Elizabeth Loftus y otros).
La metodología de investigación en psicoanálisis no es científica, en particular, no suele ser común la experimentación o la recolección de datos objetivos. Y muchos autores populares de psicoanálisis hacen pasar sus interpretaciones como parte del cuerpo teórico de la disciplina. Ninguno de los postulados principales del psicoanálisis está axiomatizado de manera objetiva, esto es, matemática y lógicamente. Si bien esto es cierto para muchas ciencias maduras, el psicoanálisis ni siquiera cuenta con un trasfondo formal aceptado de manera general por sus miembros. El único intento es la penosa confusión de Lacan respecto a la topología que ya fue denunciada por Alan Sokal en su célebre “Imposturas Intelectuales”. Es una “ciencia aislada”, que no intenta establecer vínculos interteóricos con otras ciencias (es decir, está compartamentalizada y por lo tanto no es sistémica). En particular, ninguna ciencia social o biosocial se sirve del psicoanálisis ni el psicoanálisis se sirve de estas. Todas las demás ciencias piden y prestan a otras ciencias, los economistas aprenden de los sociólogos, los biólogos aprenden de los químicos, los psicólogos aprenden de los biólogos, etcétera. El psicoanálisis está solo, aunque en el pasado haya incursionado en otros ámbitos para hacer el ridículo: por ejemplo, la explicación del origen de la cultura en Tótem y tabú (Freud, 1913), o la explicación de la revolución  rusa, causada, según el antropólogo Geoffrey Gorer, por cómo ceñían el pañal las madres rusas.
El concepto de efectividad y de evidencia le es ajeno al psicoanálisis porque no define (en algunos casos, ni siquiera acepta) la idea de curación en los pacientes. Lo que no le permite demarcar entre lo que es verdadero, lo que es falso, lo que es dudoso, o lo que es más o menos verdadero que alguna otra cosa (o sea no le permite cotejar hipótesis rivales).
El psicoanálisis no tiene un programa de investigación ni se conocen reportes de progreso. No se abandonan ni se reemplazan hipótesis o conceptos de manera generalizada por la comunidad de psicoanalistas.
Por último, pero acaso uno de los puntos más importantes, el psicoanálisis palidece frente a las neurociencias, la psicobiología, la psicología social y otras ramas de la psicología científica que explican más y mejor lo que el psicoanálisis intentan explicar.

Ética del psicoanálisis

La ética junto con la axiología es la rama de la filosofía que se encarga de estudiar los conceptos de bien, justicia, valor y norma entre otros. Es la disciplina que se ocupa de lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto, lo valioso y lo disvalioso, los derechos y las obligaciones.
Como punto de partida, el psicoanálisis no se ajusta a los estándares éticos que se esperan de una técnica medicinal en nuestro país. La Ley Nacional Nº 26.657 de Salud Mental, aclara, en el apartado de Derechos: “c) Derecho a recibir una atención basada en fundamentos científicos ajustados a principios éticos.” (Ley 26657, cap III, art.7.c)
Y en su implementación, según Decreto Nacional 603/13: “c) La Autoridad de Aplicación deberá determinar cuáles son las prácticas que se encuentran basadas en fundamentos científicos ajustados a principios éticos. Todas aquellas que no se encuentren previstas estarán prohibidas” (Decreto de reglamentación 603/13, cap IV art. 7.c).
El Psicoanálisis no tiene base científica, por lo tanto violaría c según la ley. Si entendemos “fundamentos científicos” como “estudios que avalen su eficacia como terapia”, el Psicoanálisis tampoco tiene eso (especialmente en su variante lacaniana). El Psicoanálisis no cumple con otros requisitos de la ley, como especificar la duración y el resultado del tratamiento.
Los tratamientos farmacológicos en la mayoría de los casos en que se emplean, representan la mejor opción posible, hasta donde se sabe. Toda psicoterapia o tratamiento farmacológico puede no funcionar por errores de quien lo emplea; el Psicoanálisis, por ser un conjunto no organizado de ideas y estar a menudo sujeto a la interpretación, permite una mayor cantidades de variantes no estandarizadas (en definitiva, da más libertad de acción al psicoanalista). Mientras que con los tratamientos farmacológicos se puede llegar a saber cuando el terapeuta se equivocó, en el psicoanálisis esto es infinitamente discutible. Esto impide que el paciente pueda, por ejemplo, exigir reparaciones por un mal tratamiento. Los psicoanalistas han respondido a estas y otras leyes quejándose de ellas o inventando una conspiración de farmacéuticas. En algunos casos llegan a preguntarse si es “bueno informar a los pacientes”. Esto convierte automáticamente al psicoanálisis como una terapia clínica inmoral e injusta, porque miente deliberadamente y no se ajusta a derecho y porque abusa de su situación de poder frente al paciente respectivamente.

De la misma forma que el darwinismo social, el racismo, el determinismo genético o la teoría de la elección racional son reprochables éticamente porque intentan dar sustento a falsedades morales (como que algunas razas son superiores a otros, o que todos somos egoístas innatos y el altruismo es reprochable y condenable) algunas hipótesis psicoanalíticas también son criticables. La “accidentología psicoanalítica” de Julio Granel (“Teoría Psicoanalítica del Accidentarse”, 2009) por ejemplo afirma que los accidentes “no son producto de la casualidad, sino resultado de un proceso inconsciente, producto de un planeamiento que encadena el accionar psíquico hacia una consecuencia inevitable y fatal: el accidente. Aplicando sus concepciones analíticas que ya estaban germinando en él consideró que los accidentes tienen sentido y significado, y son producto de una intensión inconsciente.” Esta hipótesis lisa y llanamente  le echa la culpa a las víctimas de los accidentes en lugar de culpar a los responsables de la imprudencia o de, en efecto, no culpar a nadie si se trata de hecho de un accidente imprevisible. Es inmoral intentar convencer a alguien que sufrió un accidente de autos que fue culpa suya si la persona no infringió ninguna ley ni hizo nada estúpido mientras caminaba por la calle.
Los psicoanalistas también actúan inmoralmente cuando, a pesar de llamarse a si mismos científicos o al psicoanálisis una ciencia (como lo demuestran los statements de la FEPAL, la APM, la APA, la EOL, la IPA y otras tantas instituciones difusoras del psicoanálisis), reniegan constantemente del ethos científico: universalidad (todos los científicos deben contribuir al progreso de la ciencia, sin que importe su nacionalidad, etnia, género o cualquier otro factor de identificación cultural), desinterés (la actividad científica debe regirse por la máxima del incremento del conocimiento científico, dejando de lado cualquier pretensión de beneficio personal), comunismo epistémico (el conocimiento científico debe ser público y estar igualmente disponible para todos los miembros de la comunidad científica) y escepticismo organizado (todas las pretensiones de verdad enarboladas por los científicos deben estar sometidas a un estudio metodológicamente crítico, y no deben ser aceptadas en razón del principio de autoridad o por otras razones epistémicamente deficientes) (Merton, 1942). Los psicoanalistas han sido reiteradas veces denunciados por fraude y censura. Es decir que su comunidad no comparte los valores y las normas que adoptan, ya tácita ya explícitamente, toda la comunidad científica.

En resumen

El psicoanálisis sigue vivo en Argentina, Francia y algún que otro foco de resistencia en el resto del mundo. En las demás facultades de psicología se ha optado por enfoques, técnicas y, por qué no, filosofías modernas y que concuerdan con el grueso del conocimiento fáctico que conocemos a la vez que respetan y abogan por un lenguaje comprensible y claro. El psicoanálisis (1) asume un dualismo psiconeural que resulta incompatible con la ontología de las ciencias empíricas, (2) algunas de sus conjeturas son incomprobables, (3) las conjeturas que sí son comprobables carecen de evidencia experimental adecuada, (4) carece de un programa de investigación, (5) está aislado de otras ciencias, (6) es menos eficaz que otros tratamientos, (7) los casos de eficacia pueden explicarse por variables extrañas. No hay razones para mantener vivo al psicoanálisis, mientras se cobra todos los años varios cerebros inquietos de ingresantes a la carrera de psicología o ciencias afines, ni prácticas ni filosóficas.

Freud Facepalm
Yes, you did, Mr. Fraud. Oh don’t mind that lapsus.

 

Todos somos filósofos

En los tiempos que corren podría decirse que la filosofía anda de capa caída. La filosofía, luego de ocupar posiblemente el lugar más privilegiado en el Olimpo del conocimiento, parece haber muerto y su asesino no es otro que la ciencia moderna (sepa disculpar el lector las reificaciones). Científicos y divulgadores muy populares como Neil deGrasse Tyson, Stephen Hawking, Bill NyeLawerence Krauss han declarado a la filosofía obsoleta. Aunque esta nueva moda de criticar a la filosofía en su totalidad merece una entrada aparte, no puede negarse que existe.
Las ciencias especiales, desde la neurobiología hasta la física, son las verdaderas generadoras de conocimiento que nos ayudan a resolver los problemas filosóficos que, a la usanza de algunos políticos, quieren perpetuarse para siempre en el status quo de las grandes preguntas de la humanidad. La neurobiología nos ayudaría a resolver el problema del libre albedrío, la física, la astrofísica y la cosmología resolverían el problema del tiempo, el espacio y el origen del universo. La neurociencia afectiva y la neuroquímica resolvería los dilemas del amor y la angustia. Es más, la familia de las neurociencias que están actualmente tan moda (injustamente en algunos casos, gracias a los charlatanes de siempre que cosechan los frutos que no sembraron) son la llave para develar todos los misterios y entelequias del alma humana. ¿Quién necesita que los filósofos desvaríen sobre almas inmateriales si los neurocientíficos les están sacando pasos agigantados de ventaja en la carrera por conocer la naturaleza humana?  Lo que es más, algunos de los filósofos más populares del momento como Sam Harris o Daniel Dennet posiblemente deban una gran parte de su popularidad con el gran público a que intentan acercarse a la ciencia y no pierden oportunidad de elogiarla. Las críticas de los científicos y divulgadores pueden resumirse en el siguiente listado: La filosofía (1) Es inútil, irrelevante y no aporta nada al conocimiento humano. (2) Es una pseudociencia al poseer conocimientos falsos o incontrastables. (3) Es perjudicial al conocimiento científico al ser contrario a este y claro, también inferior. (4) Es ambigua, no se sabe ni siquiera cuál es su función y cualquier escrito arbitrario puede considerarse como filosófico de tal modo que no posee ni seriedad, ni rigor, ni objetos de estudio.

En cierta forma, tienen razón. Nadie duda de que la gran mayoría de las filosofías y los filósofos más populares no tienen nada que ofrecer frente al rigor, la consistencia y la exactitud del conocimiento científico. Muchos de ellos, cuando no se entretienen injuriando a la ciencia con jerga pomposa pero obscura e indescifrable, se dedican a malgastar papel o bits escribiendo o tipeando sobre el significado del significado. En esta categoría encontramos a los Jacques Lacan, los Martin Heidegger, los Paul Feyerabend tardíos, los Bruno Latour, los Friederich Nietzsche, las Esther Díaz, los Ricardo Forster, los José Pablo Feinmann, las Judith Butler y los Edgar Morín.

Pero la filosofía no tiene, perdón; no puede, quedar en las manos de este tipo de escritores. Y hay por lo menos una razón clave para otorgarle un lugar de privilegio nuevamente a la filosofía, alejado de las caricaturas que critican los científicos e igual de alejado de cualquier similitud con las obras de algunos de los escritores mencionados con anterioridad: lo queramos o no, lo sepamos o no; todos somos filósofos.

¡Un verdadero filósofo!

¡Un verdadero filósofo!

¿Quiere esto decir que tenemos que renunciar a nuestra profesión o abandonar nuestro trabajo para dedicarlos a escribir sobre la angustia del ser frente a su devenir? En absoluto. Todos somos filósofos no porque nos ganemos la vida hablando del ser y la nada sino porque todos sostenemos tácitamente algunas tesis (hipótesis) muy generales sobre el universo. Algunos creen que el universo es esencialmente caótico y azaroso, otros creen que esas categorías son nombres que asignamos a nuestro desconocimiento e ignorancia propia y unos pocos sostenemos que en el universo conviven tanto el azar como la causalidad y la determinación. Algunos piensan que el tiempo y el espacio no son más que las formas en que ordenamos nuestro entendimiento del mundo y sus adversarios afirman que el espacio y el tiempo existen y son tan reales como una piedra o un beso. ¿Qué decir de la controversia que divide a los que piensan que la mente es un procesador de información análogo a una computadora y quienes afirman que la mente es igual al cerebro? hay otro bando además: los que afirman que la mente existe por encima de las computadoras y cerebros de manera inmaterial (aquí también los hay quienes creen que la mente o bien se relaciona con el cerebro o bien no lo hace en absoluto). Existen los que dividen el mundo entre cosas materiales y cosas ideales, están los que dicen que todo es materia física, los que dicen que todo son ideas y proyecciones mentales. Hay personas que piensan que todo es físico y otros que reniegan de esa idea acusándolos de reduccionistas. Los hay que piensan que todo conocimiento deviene de la experiencia y los hay que sostienen que el conocimiento mayormente nace del pensamiento y la razón. Todas estas hipótesis (el problema mente-cerebro, idealismo y materialismo, inductivismo, racionalismo, empirismo, positivismo, computacionismo, reduccionismo y emergentismo) son en efecto filosóficas. No por capricho, sino porque al ser tan generales no atañen en particular a ningún campo de la ciencia o la tecnología. Tanto físicos como sociológos y neurocientíficos presuponen algo acerca del azar y la causalidad como así también algo respecto a la materia, el tiempo, el cambio y la estasis. Y no hay quien conciba el mundo sin, a sabiendas o no, adoptar alguna de estas tesis. Más aún, no hay ciencia sin filosofía. Porque todas las ciencias y las técnicas se desarrollan en una matriz filosófica ya sea esta explícitamente declarada o, a sabiendas o no, tácitamente adoptada. Esta tesis puede verificarse al notar que los conceptos universales como “todo” y “algunos” así como el de “y” (o bien una coma) y el de “o” los estudia la lógica; como así también el concepto “son”. Y la lógica, por supuesto, forma parte tanto de la filosofía como de las matemáticas. Los conceptos “acerca de” (o “se refiere a”) y “vago” (o “inexacto”) pertenecen a la semántica filosófica, rama de la filosofía que se ocupa del sentido y la referencia al igual que del concepto de “verdad”. Algunos conceptos son muy generales; no son propiedad exclusiva de una ciencia particular y su análisis y sistematización están a cargo de la ontología (o metafísica) como ser el caso de los conceptos de cosa, materia, sistema, tiempo, espacio, propiedad, estasis, enlace o vínculo, cambio y emergencia. Un breve ejemplo: el concepto de historia es filosófico porque atañe tanto a la física (como al investigar las trayectorias o el pasado de algún sistema físico), a la biología (hágase la prueba de pensar en la evolución sin el concepto de historia), a la economía (como cuando se investiga la evolución de un mercado o el avance e impacto de la tecnología en la producción), a la sociología (al estudiar el pasado de un grupo social para dar cuenta de su presente) y ni hace falta mencionar a la antropología o la historia. Los conceptos de conocimiento, ciencia, modelo y contrastabilidad pertenecen a la gnoseología (teoría del conocimiento; también llamada epistemología), otra rama de la filosofía. Finalmente, los conceptos de valor y norma; de bueno y malo; justo e injusto se estudian en la teoría del valor y la filosofía moral. Y ninguna ciencia es axiológicamente neutra.  Queda así mostrado que estamos obligados a vivir y pensar filosóficamente.

En resumen, toda ciencia presupone al menos un puñado de presupuestos respecto a alguna de las ramas básicas de la filosofía (a saber: semántica, ontología, epistemología, axiología y ética). Y toda ciencia, ya básica ya aplicada, presupone alguna filosofía especial de su campo (a saber: filosofía política, filosofía de la biología, filosofía de la física, filosofía de la economía, etcétera). Lo que es más, cualquier ciudadano de a pie o cualquier estudiante que recién ingrese a una facultad construyó una filosofía personal a lo largo de su vida. Cualquier hijo de vecino tiene algunas concepciones sobre el bien y el mal o la mentira y la verdad, sobre el valor de la experiencia personal y la indagación de manera objetiva e impersonal, sobre la naturaleza de la realidad, sobre la diferencia entre ficción y hecho, todos tenemos alguna opinión sobre la intuición y la razón o sobre cómo cambian algunas cosas y por qué. Muchas controversias científicas actuales piden a gritos asistencia filosófica. Un ejemplo bastará. En diciembre de 2014, dos de los más importantes cosmólogos del mundo, George Ellis y Joe Silk, publicaron en la revista Nature un artículo titulado Defend the integrity of physics. Se trataba de un artículo valiente donde expresaban su preocupación porque muchos físicos trabajando en el área de la teoría de cuerdas están abogando por un cambio de los criterios de evaluación de las teorías científicas. En particular, están sosteniendo que criterios como la capacidad de realizar predicciones sobre el mundo real o que una teoría deba ser confrontada con los experimentos, deben ser abandonados y reemplazados por otros más laxos, basados en consideraciones estéticas o de orden no empírico, como ser el consenso de una cierta comunidad. Esta controversia necesita del auxilio urgente de filósofos científicamente informados que ayuden a dar claridad a cuestiones tales como ¿a qué se refiere específicamente la llamada teoría de cuerdas?, ¿cómo se inventan los criterios de cientificidad y por qué?, ¿qué constituye una teoría y cómo se distingue de una hipótesis?, ¿qué clase de sistema conceptual ontológico puede dar cuenta de la concepción del mundo que presupone la teoría de cuerdas?, ¿es esta concepción congruente con las demás ciencias?, ¿cuáles son los referentes de la teoría de cuerdas?, ¿existen?, en todo caso ¿hay que re pensar lo que entendemos por existir?.

No hay que seguir intentando matar a la filosofía. Ya sea sólo porque esta tarea es imposible, aunque también porque necesitamos críticamente de la filosofía para brindarnos claridad, profundidad, unidad y visión. En particular, de una filosofía científica que abandone los viejos modismos de la filosofía que hoy justamente descartan los divulgadores científicos y a decir verdad cualquier persona que respete el discurso coherente, claro y organizado. Una filosofía científica está construida con la ayuda de herramientas formales y concuerda con el grueso de la ciencia y la tecnología de su época por lo que la ciencia es su compañera; no quien cava su tumba.

 

¿Discordia o Consenso?

Recientemente un amigo me hizo llegar el siguiente spot publicitario.

No es el primero de esta clase. También el socialista Binner y la diputada Stolbizer  cuentan entre sus publicidades políticas spots con temática similar. ¿De qué se tratan estos spots? en mi humilde análisis del marketing político sostengo que se trata de una ficcionalización de la llamada grieta que experimentaría la Argentina desde hace algunos años. El término grieta se lo debemos al periodista de investigación Jorge Lanata quien lo acuño hace algunos años en una famosa entrega de premios cuando fue galardonado. El slogan fue acuñado rápidamente por políticos, analistas, periodistas, diputados y la sociedad civil en general. Así, la pseudocategoría ‘grieta’ se invoca en toda oportunidad que dos personas no estén de acuerdo en algún aspecto fundamental (de fundamentos) de la cultura, la política o la economía argentina. Existiría una grieta que separa a abortistas y anti abortistas, a defensores de algún tipo de intervención en la economía y los libremercadistas, a los defienden las políticas estatales de seguridad social e inclusión y a quienes sospechan de ellas por ser dádivas y mecanismos del clientelismo político.

En los tres spots, como también en el discurso de Lanata, se presenta a esta grieta como un grave problema en la Argentina. Sanz, Stolbizer y Binner prometen volver a los asados pacíficos con amigos si ganan la elección de turno. Aborrecen la discordia por considerarla socialmente disolvente e individualmente dañina.

La idea de discordia por supuesto no es nueva. Ha inquietado a muchos filósofos a lo largo de la historia. Posiblemente uno de los más famosos es Thomas Hobbes, cuyo influyente libro El Leviatán (1651) es aún lectura obligatoria para estudiantes del Derecho, sociólogos, politólogos y otros científicos sociales. En este libro Hobbes estudia cómo organizar la sociedad y evitar conflictos como la guerra (posiblemente influenciado por la Guerra Civil Inglesa de 1642–1651) aduciendo que la situación natural o estado de naturaleza de los hombres es “Bellum omnium contra omnes” (“Guerra de todos contra todos”); y “Homo homini lupus est” (“El hombre es un lobo para el hombre”). Así, Hobbes reconoció la importancia del conflicto en las sociedades e instó a eliminarlos a través del Estado.
Otro reconocido filósofo del conflicto fue Friedrich Hegel. Hegel ideó una filosofía del conflicto idealista: la historia de la filosofía (y del hombre) es la historia del conflicto de las ideas. La tesis de Hegel influyó fuertemente en el filósofo del conflicto de más actualidad: Karl Marx.
Pero a diferencia de Hegel, Marx intento ser un filósofo materialista por lo que la fuente del conflicto en Marx no es ideal (conceptual) sino concreta (material). De acuerdo a Marx el conflicto es el motor de la historia y sólo el fin de la historia pondría fin al conflicto. Para Marx el devenir histórico tiene un sólo  mecanismo principal: la lucha de clases (nota al pie: por qué un filósofo materialista sostiene que las clases; que no son materiales, pueden sostener conflictos me excede). Y este mecanismo se fundamenta en el conflicto entre clases sociales antagónicas (maestros y esclavos inicialmente, proletarios y burgueses finalmente). Marx no elogió el conflicto per se pero fue reacio a ver que la cooperación también es un mecanismo de cambio social. Reconoció el conflicto como inevitable y necesario para evitar la estasis social. Paradójicamente, elogió la fraternidad (o cooperación) internacional entre los proletarios. Sus discípulos Gramsci y Lenin siguieron sus huellas.
Otros filósofos de la discordia son Carl Schmitt y Francis Fukuyama, de miradas divergentes. Schmitt sostenía que la política emerge del conflicto y que esté último es inevitable y por el contrario Fukuyama sostenía, siguiendo a Hegel y al ruso Alexandre Kojève, que si el devenir de la historia se da por el conflicto, si no hay conflictos no habría historia. Fukuyama al igual que sus mentores filosóficos declararon prematuramente la muerte de la historia y del conflicto. Fukuyama sostuvo que la síntesis del conflicto socialismo-liberalismo (surgida tras el final de la Guerra Fría) pondría fin a los grandes conflictos. Las democracias liberales son incuestionablemente los mejores sistemas sociales y ya no hay  necesidad de ‘experimentos’ como la URSS y sus satélites.
Para ejemplos de elogio de la cohesión social y la cooperación (en detrimento del conflicto) recordemos también al ‘príncipe’ Kropotkin, quien refutó el absurdo “darwinismo social” de Spencer y Huxley mediante su libro El apoyo mutuo (1902). Con él coinciden científicos actuales, como Frans de Waal.

De hecho, existe toda una clase de teorías del conflicto en las ciencias sociales (en filosofía y sociología, pero también en antropología e historia: véase por ejemplo, Ludwig Gumplowicz; Lester F. Ward; C. Wright Mills o Alan Sears).

De cualquier manera, la idea de grieta infranqueable (o bien necesariamente franqueable) no es nueva. Desconozco si nuestros políticos son asiduos lectores de filosofía pero lo dudo. Sino, sabrían que tanto el elogio como el aborrecimiento de la discordia y el conflicto son insuficientes y poco realistas. Las predicciones de Fukuyama sucumbieron ante los conflictos culturales (como él mismo admitió luego y refinó su tesis insatisfactoriamente) y las predicciones de Marx sobre la fraternidad de la clase proletaria tampoco se cumplieron ya que todos los experimentos ‘socialistas’ fallaron (nota: concuerdo con Mario Bunge en que el verdadero socialismo jamás fue practicado).

En la mitología griega Eris o Éride (en griego antiguo Ἒρις) es la diosa de la discordia.
En la mitología griega Eris o Éride (en griego antiguo Ἒρις) es la diosa de la discordia.

Argüiré que ambos enfoques son incorrectos: la exacerbación del conflicto es socialmente disolvente e individualmente degradante y la negación del conflicto es irrealista y peligrosa porque no sólo no es realista (es decir, verdaderamente representativa) sino que puede enmascarar problemáticas realmente existentes (como las que emergen en sistemas sociales estratificados y desiguales o entre defensores y detractores de pseudociencias y filosofías acientíficas o anticientíficas) y fomentar la estasis social porque sin crítica abierta y sin dejar atrás ideas incorrectas no hay progreso.
Es una obviedad que los individuos y los sistemas concretos (como empresas, gobiernos, sindicatos o clubes de fútbol) compiten tanto como cooperan y ambos procesos no son dicotómicos (para una explicación mucho más refinada, véase Bunge; 1976). Es decir, son tanto discordantes como concordantes en sus objetivos, filosofías, metódicas, etcétera. Por ejemplo, en una empresa los empleadores y los empleados de un negocio pueden chocar por los salarios y los beneficios, pero cooperan para mantener la empresa a flote (especialmente si es una cooperativa). Los ciudadanos mantienen conflictos con el Estado (por ejemplo, pujas salariales o demandas políticas) al tiempo que deben cooperar para defenderlo (por ejemplo, ante una agresión extranjera o interna contra el orden institucional).  Es por eso que ignorar la cooperación es tan erróneo como pasar por alto el conflicto.
Además, el aborrecimiento al conflicto puede ser inmoral. Como cuando minimizar el conflicto implica confundir el estar equivocado con el pensar distinto, fomentar el respeto irrestricto por cualquier cultura o ideología sin importar que tan nociva sea para los Derechos Humanos y que tan errada esté o inhibir la libre circulación de ideas científicas y filosóficas que puedan ser controvertidas pero verdaderas. Y sostengo que sólo las ideas verdaderas en última instancia guían el progreso.

En resumen: discordia y conflicto con las ideas y las personas equivocadas y/o dañinas; cooperación y consenso con las ideas progresistas y las personas que las sostienen.

#NiUnaMenos: un enfoque sistémico

En la (entendible) vorágine del #NiUnaMenos los activistas han cometido un grave yerro filosófico que puede empantanar el progreso de su justa causa. Las personas que se están manifestando en contra de la violencia de género parecen haber olvidado que este, como muchos otros problemas sociales, son problemas sistémicos.

El enfoque sistémíco es una manera de concebir las cosas, así como de abordar y formular problemas. Se caracteriza por concebir todo objeto como una totalidad compleja o un componente de tal. Por consiguiente, quien adopta este enfoque intenta descubrir los diversos aspectos de una cuestión, así como los problemas relacionados con ella. Evita así las visiones unilaterales o sectoriales, y las correspondientes soluciones simplistas.

El sistemismo ontológico que, por ejemplo, Bunge defiende; postula que el mundo es un sistema de sistemas, es decir que toda cosa concreta es un sistema o un componente de algún sistema. Un sistema es, en efecto, un objeto complejo estructurado, cuyas partes están relacionadas entre sí por medio de vínculos (estructura) pertenecientes a un nivel determinado (por ejemplo, un nivel físico o químico que son inferiores al nivel biológico; y este a su vez del nivel social). Otros sistemistas son Boudon, Coleman, Poe Yu-ze Wan o Ludwig von Bertalanffy. Además, los sistemas se caracterizan por poseer propiedades globales (emergentes o sistémicas) que sus partes componentes no poseen. A saber: la densidad poblacional, la tasa de natalidad, la estratificación social o la desigualdad de ingresos: ninguno de estos es reducible a un componente individual.

Por ejemplo, en el nivel microfísico, un átomo es un sistema compuesto por protones, neutrones y electrones vinculados por fuerzas físicas (nucleares y electromagnéticas). Una sociedad humana, en cambio, es un sistema compuesto por personas y diversos subsistemas sociales unidos entre sí por vínculos de varios tipos: biológicos, políticos, económicos, etc.

El enfoque sistémico es una alternativa tanto al individualismo (atomismo), como al totalismo (holismo). Admite la necesidad de estudiar los componentes de un sistema pero no se limita a ellos. Y reconoce que los sistemas poseen características de las que carecen sus partes, pero aspira a entender esas propiedades sistémicas en función de las partes del sistema y sus interacciones, así como en función de circunstancias ambientales. En otras palabras, el enfoque sistémico invita a estudiar la composición, el entorno y la estructura de los sistemas de interés.
Aplicado a la sociedad, el enfoque sistémico nos la muestra como un sistema extremadamente complejo compuesto por subsistemas interactuantes e interdependientes, tales como la familia, la empresa, la escuela, el club, la administración pública y el partido político.
Estos sistemas están compuestos por individuos capaces de amar, odiar, imaginar, argüir, evaluar, decidir y actuar. Son cualquier cosa menos los entes pasivos, juguetes de los vendavales históricos, que nos pinta el totalismo. Pero, por estar ligadas entre sí y por estar constreñidas por normas de diversas clases, las personas nunca son totalmente independientes y libres. Interactúan, y estas acciones mutuas hacen que los sistemas sociales sean interdependientes y dinámicos.

Una consecuencia gnoseológica del sistemismo ontológico es que para conocer un sistema, sea este físico, químico, biológico, psicológico o social, resulta conveniente aplicar el enfoque CESM. En otras palabras, la investigación de un sistema concreto requiere la construcción de un modelo que consiste en la descripción de la composición (C), el entorno (E), la estructura (S) y el mecanismo (M) del sistema.

  • La composición de un sistema es la colección de sus partes (protones, neutrones y electrones en el sistema atómico; personas, empresas, clubes y barra de amigos en el sistema social) y se las llama componentes.
  • El entorno es la colección de cosas que modifican a los componentes del sistema o que resultan modificados por ellos, pero que no pertenecen a la composición (fotones que excitan al átomo de interés y el trigo que el hombre convierte en pan).
  • La estructura es la colección de relaciones o vínculos que establecen los componentes. Los vínculos que se dan entre los componentes de un sistema constituyen la endoestructura, mientras que los establecidos entre los componentes y elementos del entorno conforman la exoestructura del sistema.
  • El mecanismo es la colección de procesos que se dan dentro de un sistema y que lo hacen cambiar en algún aspecto (el mecanismo de radiación electromagnética de un átomo es un proceso en el que un electrón cambia de estado de energía, el comercio es un mecanismo económico de los sistemas sociales humanos). Más precisamente, si bien el conocimiento de un sistema concreto radica en la descripción de los cuatro aspectos mencionados, la explicación científica del comportamiento del mismo la brinda la descripción de su(s) mecanismo(s), es decir de los procesos de los cuales resultan la emergencia, la estabilidad, el cambio y la desintegración de un sistema.

Las sociedades modernas son super-sistemas conformados por varios tipos distintos de sistemas que a su vez están formados por sub-sistemas. Una sociedad cualquiera en un momento dado es un sistema con 4 (cuatro) subsistemas básicos: un subsistema biológico, uno político, uno económico y uno cultural. Y a su vez, estos sistemas se relacionan a través de vínculos (enlaces) de distinta clase. Así, una familia posee vínculos biológicos entre si; un trabajador y un patrón un vínculo económico y un político y sus partidarios, sorpresivamente, un vínculo político.

El enfoque sistémico nos permite encarar el problema de la desigualdad de género desde varios flancos al mismo tiempo. Esto es un requisito porque la violencia de género que denuncian quiénes asisten a la marcha antes mencionada es multi-factorial. Atañe tanto al sistema político, como al biológico, económico y cultural. Me explicare: una mujer que padece violencia física (biológico) porque su pareja cree que su pollera es demasiado corta (cultural) problablemente encuentre dificultades para hacer una denuncia (político) si la comisaria de turno no está preparada para ese problema. Ni hablar si la susodicha depende económicamente (económico) de su marido. ¿Podría una mujer con una cultura machista sortear sus problemas conyugales si esta misma cultura inhibe su progreso económico al depender monetariamente de su pareja y enfrentarse a un trato desigualdad en el ámbito laboral?

Examinaré un ejemplo en detalle:

En este paper del Institute for the Study of Labour se analiza empíricamente cuáles son algunos de los factores que inciden en la violencia doméstica. Se determinó que las personas más jóvenes, de ‘razas’ (ethnicity) mixtas, con bajo nivel educativo, con muchos hijos (más de cinco) y separados suelen ser los que más sufren violencia domestica. También se encuentran buenas razones para corroborar la hipótesis central del paper: existe una correlación entre desempleo y violencia (mecanismo: la pobreza produce stress y el stress facilita las reacciones violentas). A su vez, sabemos que la estratificación social y la pobreza producen tasas mayores de natalidad lo que a su vez empeora la pobreza. Que la desigualdad reduce la cohesión social y con esto la factibilidad de que las víctimas reciban ayuda y se ayuden entre si. Por otro lado, la desigualdad inhibe el crecimiento económico lo que produce desempleo que a su vez desemboca en violencia domestica como se argumento anteriormente. Y el pobre desempeño económico reduce la participación cívica en los grandes temas sociales: como la desigualdad de género, el femicidio, etcétera. Por último, la pobreza inhibe el desarrollo cognitivo lo que dificulta el acceso a la cultura (y esta a su vez, impide el acceso al crecimiento económico y el bienestar biológico) y la cultura es un poderoso mecanismo de prevención de la violencia, la degradación y la corrosión social (aunque, por supuesto, no por si misma).

En el desarrollo anterior se ha hecho mención a mecanismos, al entorno, a la estructura y los componentes para explicar porque en algunos sistemas sociales existe la violencia de género. No se ha analizado la situación desde un sólo punto de vista, sino desde el de todos los sistemas involucrados y se ha intentado demostrar como ningún sub sistema existe con independencia de los demás. No hemos reparado solamente en lo  macro o en lo micro. Los hemos combinado para lograr explicaciones más potentes y profundas.

La moraleja aquí es que el sólo el desarrollo integral (de todos los sub sistemas y de todos los componentes de estos) de la sociedad posibilita el avance concreto y real.

Las propuestas de los asistentes a la marcha son necesarias pero insuficientes. Porque se fundamentan en un marco filosófico o bien individualista (la culpa es de los hombres) o bien holista (la estructura patriarcal de la sociedad). No he visto una propuesta sistémica al problema de la desigualdad de género. Y, como se menciono antes, los problemas sistémicos requieren soluciones sistémicas. No alcanza son modificar la cultura (intercambiando las a y o por equis) si se pasa hambre y penurias, ni el bienestar económico por si sólo asegura una cultura elevada: para esto se necesita de una clase política y una ciudadanía ilustrada y comprometida que acompañe.

Invito a los activistas feministas a enfocar el problema de género desde una visión materialista y sistémica y al mismo tiempo a abandonar las propuestas atomistas y holistas (como así también las idealistas) que pecan de simplistas y no sirven para comprender y así poder solucionar eficazmente cualquier problema de género que se nos presente.

Ni Una Menos